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Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir.

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Capítulo 4 - El Puesto de Problemas
«Oficialmente mi vida es una prisión. Y mi celda es un zapato».

Bel se despertó en la oscuridad. El peso sofocante en su pecho había desaparecido; el pie de Cinnamon ya no estaba encima. Yacía en el piso peludo de su pantufla sin aliento.

Le dolía todo el cuerpo. Le sentía la cara en carne viva donde los dedos de Cinnamon lo habían agarrado. Cada respiración todavía sabía a su pie.

Un grito retumbó desde afuera.

—¡Todo el mundo arriba! ¡Andando!

La pantufla se sacudió. El estómago de Bel se le revolvió mientras salía disparado por el aire. Rodó por el suelo de madera como un juguete abandonado. Su hombro golpeó primero, luego su cadera, y por último su cabeza rebotó contra las tablas.

—¡Ay! ¡Mierda! —Gimió y miró hacia arriba justo a tiempo para ver a Cinnamon sentada en el borde de su cama.

Ella estiró la mano hacia su mesita de noche, agarró algo y luego apoyó su pie derecho sobre su rodilla izquierda.

El estómago de Bel se hundió.

«¿Y ahora qué hace?».

Comenzó su rutina matutina. Primero, con un trapo seco, limpió la planta de su pie con trazos largos. Incluso desde esta distancia, Bel podía ver que el trapo recogía tenues manchas grises y residuos de la pantufla.

«¿Estuve durmiendo sobre todo eso…?». Se mordió el labio con fuerza, desesperado por no tener arcadas.

Luego vino el talco. Lo esparció entre sus dedos, tarareando. Luego agarró una lata de metal de la mesita de noche y la agitó. Bel observó con horrorizada fascinación mientras apuntaba la lata a la planta de su pie. Un siseo llenó el aire, seguido por una niebla que le cubría la planta.

Tarareó más fuerte, girando su pie para cubrir cada ángulo. La curiosidad de Bel anuló su pavor y asco por un momento.

—¿Qué es eso?

Cinnamon se quedó helada a medio rociar. Sus ojos recorrieron el suelo. Se había olvidado por completo de que él estaba ahí.

—Este… —Bajó el pie con la cara enrojeciendo—. Es mantenimiento. Mantiene mis pies en condiciones óptimas para las misiones. Control de bacterias, obviamente.

Una sonrisa diabólica se extendió por el rostro de Bel.

—Ajá. Mantenimiento para Quesitos, ¿eh?

—¡Me dirás «capitana», ¿oíste?! —Su cara se ponía rojo brillante—. ¡Y estás jugando con fuego!

Chasqueó los dedos. Él tropezó mientras volvía a su tamaño normal.

—Tienes cinco minutos para lavarte antes de que te encoja y te haga vivir en mi zapato todo el día —siseó, señalando hacia el pasillo.

—¿Podré ir a casa?

—No, no podrás. —Agarró una toalla para secarse los pies con palmaditas—. Sólo obedéceme. No es tan difícil.

—¿Te das cuenta de que me secuestraste? —Se puso las manos en las caderas—. Lo menos que puedes hacer es explicarme qué pasa. ¿Adónde vamos? ¿Por qué me tienen aquí atrapado?

Cinnamon respiró hondo, luchando visiblemente por recuperar la compostura. Terminó de secarse los pies y arrojó la lata de aerosol y el talco de vuelta a la mesita de noche.

—Incluso si quisiéramos llevarte a casa ahora mismo, sería imposible.

—¿Por qué?

—Porque enviarte allá afuera, así como estás, sería irresponsable para ti, para tu familia y para nosotras. —Se cruzó de brazos—. Y siendo honesta, Santa Claus no lo va a permitir. Ya lo dejó muy claro.

Bel observó con incredulidad mientras ella se volvía hacia su armario.

—¿Así que soy prisionero de Santa? ¿El de los regalos?

—Sí. Pero no para siempre.

Otra vez sobresaltó a Bel. Marshmallow estaba asomándose a la habitación con una expresión comprensiva.

—Sabes, esto es más un castigo para nosotras que para ti.

Se acercó a él con un trapo caliente entre las manos. Antes de que pudiera protestar, le agarró la cara y empezó a frotar. Él luchó en su agarre, pues ella era engañosamente fuerte.

—O te vas a casa siendo el mismo humano gruñón de siempre —dijo suavemente, dándole toquecitos en la mejilla—, o regresas como el niño más bueno de toda la ciudad. Ahora somos tus hermanas, te guste o no, Bel.

Abrió la boca para decirle algo malo, pero no encontró nada.

—Te tallé bien fuerte —susurró de manera juguetona, inclinándose cerca—, para que tu cara no huela a ya-sabes-qué.

—¡Estás susurrando como si no te escuchara! —gimió Cinnamon desde el armario, haciendo que Marshmallow soltara una risita.



Después de lavarse el resto del cuerpo en el baño, Bel se fue a la mesa del desayuno.

Las chicas ya estaban sentadas. En el centro de la mesa había una montaña de panqueques gruesos y esponjosos, completamente empapados en jarabe. Aun así, su estómago rugió. Agarró un plato y se fue hacia una esquina.

—No, no, no. Ven aquí. —El brazo de Ginger se envolvió alrededor de su cuello desde atrás, jalándolo para atrás—. Reglas de la casa: comemos todos juntos.

—Tu lugar está ahí abajo, Belial. —Cinnamon señaló debajo de la mesa con la cola—. Anda.

Bel suspiró pesadamente. «Genial. Asiento reservado en el reino de los pies apestosos».

Agarrando su plato pequeño y una botella diminuta de leche, gateó hacia el bosque de piernas debajo de la mesa. Cuarenta dedos… Se preguntó cuánto tiempo aguantaría sin perder la cordura.

—Tienes que ganarte el derecho a sentarte en la mesa con las grandes —declaró Cinnamon desde arriba.

—Ya la escuchaste —añadió Ginger.

Bel trató de acomodarse cerca del centro de la mesa. Cortó su primer pedazo de panqueque y se lo llevó a la boca cuando un movimiento captó su atención.

El pie descalzo de Ginger descendió a su espacio limitado.

Se quedó flotando ahí por un momento, los dedos flexionándose. Entonces vio un trozo grasiento y amarillo de huevo revuelto encajado entre su dedo gordo y el segundo. El huevo brillaba con humedad; no podía distinguir si era grasa, sudor de pie o ambos.

El pie avanzó centímetros.

—Abre grande—canturreó ella—. Aquí viene el avioncito.

—No soy un bebé —gruñó él.

—Pues te salen los berrinches igualitos a uno —se rió entre dientes. Su pie se detuvo justo antes de sus labios. Sus dedos golpearon contra ellos una vez, luego dos. La boca de Bel permaneció cerrada—. Cinnamon, hay que asegurarnos de que se vaya bien lleno. ¿Me captas?

—Quédate quieto, Belial.

—No…

Demasiado tarde. Sus plantas se envolvieron alrededor de los lados de su cabeza desde atrás. La piel permanecía húmeda por su rociada anterior, y ese maldito olor a canela le inundó las fosas nasales de inmediato.

Luchó por apartarse, pero sus pies lo mantuvieron perfectamente firme, inclinándole la cara directamente hacia la ofrenda de Ginger.

—Es tu última oportunidad para ser un buen niño —arrulló Ginger.

Bel soltó un gemido exasperado. «Sólo acaba con esto». Abrió la boca de mala gana y apretó los ojos con fuerza.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Ginger le metió el pie adentro. Los dedos rellenaron su boca uno por uno. El trozo de huevo salió disparado de entre ellos y bajó por su garganta. Tuvo arcadas, tragando convulsivamente por la pura fuerza. El sabor lo golpeó todo de una vez: piel salada, polvo, la textura gomosa de los huevos revueltos…

Escupió el pie violentamente, apartando de un manotazo tanto ése como los pies de Cinnamon. Sus manos buscaron su pequeña botella de leche. Se la empinó desesperadamente, rezando para que le lavara el sabor.

«¡Qué asco! ¡Qué asco! ¡Qué asco!».

Agarró su camisa y se frotó la cara para limpiarla, tratando de engullir sus propios panqueques y fingir que nunca sucedió.

Pero concentrarse era imposible.

Los cuarenta dedos eran una presencia constante y burlona en su mundo estrecho. Se movían, flexionaban, abrían y curvaban. Los pies de Ginger se estiraban, sus dedos abriéndose amplio antes de curvarse con fuerza. Una y otra vez. Los pies de Cinnamon se cruzaban por los tobillos, sus dedos frotándose unos contra otros. Los pies de Pepper permanecían mayormente quietos, aunque de vez en cuando sus dedos se flexionaban. Y los de Marshmallow… Permanecían relativamente tranquilos. Apenas se movían, descansando tranquilamente en el suelo.

«No lo cuestiones, Bel. Es una victoria. Acéptalo».

—Deberíamos tener precaución al sacarlo hoy —notó Pepper desde arriba. Su pie de repente pasó por la frente de Bel, haciéndolo chillar—. Su temperatura central es estable, pero la termorregulación humana parece ineficiente.

—Sólo significa que necesitamos mantenerlo abrigado. —Cinnamon estiró las piernas hacia adelante—. Que Seph sepa que está aquí ya es bastante malo. No quiero lidiar con hipotermia encima de todo lo demás.

—Se está poniendo más letal —añadió Ginger—. ¿Vieron lo rápido que se movió anoche?

Bel trató de dar otro bocado a su panqueque. Cerró los ojos, saboreando. Tal vez si se concentraba en la comida, podría bloquear todo lo demás.

Levantó su tenedor para un segundo pedazo. Entonces sintió algo diferente.

Comenzó como un ligero roce contra su espalda. Pero pronto se volvió más deliberado. Las plantas de Cinnamon estaban jugando con sus orejas desde atrás. Sintió su dedo gordo presionándole el lóbulo.

«Detesto a cada una de estas alienígenas».

Trató de arrastrarse hacia adelante, lejos de los pies de ella. Pero eso lo acercó a los dedos de Ginger, que inmediatamente se menearon hacia él.

No importaba cuántas veces intentara encontrar una zona neutral; el asedio era implacable. Había pies por todas partes. Con un gemido fuerte y frustrado, se rindió. Se sentó con las piernas cruzadas en medio del suelo y puso su plato en su regazo.

«Idiotas. ¿Quieren tocarme? Adelante. Pero no se metan con mi comida».

Eventualmente, misericordiosamente, terminó. Las chicas se levantaron de la mesa, estirándose y gimiendo con una satisfacción que le insultaba a Bel. Él acababa de sobrevivir a una guerra, mientras que ellas estaban como si nada.

Mientras las otras se dirigían a sus habitaciones para cambiarse, Ginger se rezagó en la mesa. Bostezó, levantando los brazos muy por encima de su cabeza. Mientras se estiraba, casualmente se elevó sobre las puntas de sus pies. Sus largos dedos se flexionaron. Bel, que había estado saliendo a gatas de debajo de la mesa, vio el movimiento y se congeló.

Ella mantuvo la pose por un momento antes de bajar de nuevo.

Él dio un paso atrás. Luego otro. Una sonrisa malvada se extendió por el rostro de Ginger.

—No te me mueras ahora, rarito.

—Deja de intentar matarme entonces. —Jadeó cuando ella levantó un pie y le mostró la planta—. ¡Por favor! ¡Por favor, para!

—¿Matarte? —Frunció los labios, curvando los dedos hasta que la planta se arrugó en pliegues profundos—. Sólo me estoy estirando los pies. Mira, a esto le decimos «hacer garrita». Garrita, garrita, garrita…

—¡Ginger, muévete! —ladró la voz de Cinnamon desde el pasillo.

—¡Ya voy, ya voy! —Ginger miró hacia atrás a Bel, su sonrisa suavizándose un poco—. Oye, si una chica en su elemento natural te asusta tanto, tenemos mucho trabajo por hacer. —Les dio a sus dedos un último meneo antes de alejarse pavoneándose.

El corazón de Bel latía con fuerza en su pecho. «Elemento natural… Esto nunca va a mejorar».

Unos minutos más tarde, las chicas emergieron de sus habitaciones transformadas.

Atrás quedaron el pijama y la ropa casual. Ahora llevaban sus uniformes del Sugar Squad: trajes negros y elegantes con acentos codificados por colores. Rojo para Ginger, rosa para Marshmallow, rojo violeta para Pepper y naranja para Cinnamon.

Pero a pesar de los trajes a juego, su calzado seguía siendo desafiantemente único.

Ginger llevaba sandalias negras gruesas con correas que dejaban expuestas las partes esenciales de sus pies: sus dedos con su esmalte rojo brillante. Marshmallow tenía zapatos bajos simples que apenas contenían sus pies regordetes. Pepper llevaba botas robustas que le llegaban a la mitad de la pantorrilla. Por último, Cinnamon lucía tenis elegantes con acentos naranjas que combinaban con su uniforme, brillando de tenue.

—¿Qué opinas? —preguntó Marshmallow a Bel, dando una pequeña vuelta—. Mucho mejor que el look sofocante de patrulla, ¿no?

—Es… —Sus ojos se desviaron de ellas—. Supongo.

—«Supongo», dice —se burló Ginger, rodando los ojos mientras ajustaba una correa en su sandalia—. Ay, sacarte una palabra amable es como sacar muelas.

—¿Así que se supone que debo felicitarlas ahora? —Se cruzó de brazos—. ¿Quieren que les agradezca por los trajes combinados mientras me tienen prisionero?

—Técnicamente es Santa quien te tiene prisionero —replicó Ginger con una sonrisa—. Nosotras sólo somos las guardias.

—Suficiente. —Cinnamon agarró a Bel por el brazo, su agarre firme—. Vámonos.

Lo escoltó fuera del apartamento como una madre arrastrando a un niño poco cooperativo. En el momento en que entraron al vestíbulo, Bel sintió docenas de ojos girarse hacia él.

Había elfos por todas partes.

—No me gusta que me queden viendo —siseó.

—Recuerda quién eres —declaró Pepper—. No perteneces aquí. Tu presencia es, por lo tanto, anómala.

—Lo que sea que eso signifique. Me quedan viendo las orejas.

—Obvio. —Ginger miró hacia atrás a él—. Las orejas puntiagudas son la norma aquí, escuincle.

—¿O sea que parezco un monstruo para todos ellos? Genial, otro problema. —Sus manos se movieron instintivamente hacia arriba para cubrir sus orejas, pero Cinnamon se las apartó de un manotazo.

—No llames más la atención. Sólo sigue caminando.

—Pero…

—Aproximadamente el dos por ciento de la población élfica nace con estructuras auditivas redondeadas —le informó Pepper—. Es una anomalía estadística, pero no inaudita. Desde la distancia, podrías pasar como uno de ellos. Aunque te recomendaría evitar la conversación directa con extraños. Tu falta de conocimiento sobre las costumbres élficas básicas te expondría de inmediato.

Bel trató de esconderse entre las elfas. Pero los susurros continuaron siguiéndolo.



Después de salir del edificio, caminaron hacia lo que parecía ser un pasaje subterráneo estándar. Múltiples elfos los rodearon, y Cinnamon se aseguró de no soltar a Bel durante todo el camino. Sentía que el brazo se le iba a caer.

Descendieron a través de una serie de corredores que iban volviéndose más impresionantes. Las paredes cambiaron de simple roca a piedra pulida.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bel, su voz perdida en la multitud.

Las orejas de Cinnamon se movieron.

—Al Puesto de Problemas. Operaciones centrales para asignaciones especiales.

Doblaron una esquina. Ante ellos se alzaba un enorme conjunto de puertas dobles de madera que alcanzaban los cinco metros de altura. Flanqueando las puertas había dos estatuas de piedra de renos. A medida que el Sugar Squad se acercaba, los ojos de las estatuas de renos empezaron a brillar en blanco. Dos haces de luz distintos escanearon los ojos de cada chica.

—Verificada —resonó una voz desde las estatuas para cada chica. Sus luces golpearon a Bel, quien saltó al ser cegado temporalmente—. Escaneando… Escaneando… Sugar Squad: protocolo de invitado iniciada. Firma registrada. Acceso concedido.

Las enormes puertas se abrieron de par en par, revelando la cámara más allá.

A Bel se le cayó la mandíbula.

Esta habitación eclipsaba con creces el tamaño de un campo de fútbol. Parecía una versión más desarrollada de lo que Bel había imaginado que sería el taller de Santa. Papel tapiz navideño decoraba el espacio de piso a techo. En lugar de oler a pies agrios de elfo, olía dulce, como a leche y galletas de azúcar.

Elfos de todas las formas y tamaños se movían por el espacio, con trajes más tradicionales que los que usaba el Sugar Squad. Se agrupaban alrededor de pantallas holográficas proyectadas desde escritorios, sus dedos escribiendo en el aire para manipular datos.

En el centro de todo había un enorme escritorio circular. Docenas de pantallas lo rodeaban.

—Éste es el centro para todas las asignaciones no estándar —explicó Pepper—. La mayoría de los elfos tienen un trabajo. Nosotras somos parte de las excepciones.

—Manejamos operaciones especiales —se jactó Cinnamon, inflando el pecho.

—Sí, los trabajos demasiado raros o sucios que no quieren los disque «clase A» —aclaró Ginger. Se dirigió al escritorio circular y sacó una tarjeta pequeña. La deslizó en la ranura.

Una pantalla holográfica cobró vida, mostrando una lista de misiones disponibles.

—Veamos qué basura nos dejaron para limpiar esta vez —murmuró, desplazándose por la lista. Sus ojos se iluminaron—. ¡Uy! ¡Voy para el «Arreo de bestias»!

Su dedo se estiró hacia la pantalla. La misión parpadeó en rojo y desapareció.

Risitas ruidosas y odiosas resonaron detrás de ellas.

El cuerpo de Ginger se puso rígido. Su mano se cerró lentamente en un puño.

—Vaya, vaya, vaya. —La voz era masculina y suave—. Pero si son los Terroncitos de Azúcar.

Bel se giró para ver a tres elfos acercándose. El que iba al frente era alto —más alto que Pepper— con rasgos afilados y una sonrisa condescendiente. Los dos que lo flanqueaban parecían igualmente presumidos.

—Escuché que tuvieron una noche salvaje ayer —continuó el líder—. ¿Daños a la propiedad y una villana de cuarta? Qué profesionales. —Hizo un espectáculo al tocar su propia tarjeta contra el escritorio. «Arreo de Bestias» apareció en su pantalla con un alegre ding—. Nos dejaron un verdadero desastre para limpiar. Otra vez.

Las manos de Ginger estallaron en llamas.

—Cierra el pico antes de que te…

—¿Antes de que le prendas fuego a más propiedad? Por favor, súmale al total de daños. —Se rió—. Porque aprecio la paga extra que nos dan sus desastres. La compensación por riesgo es muy generosa cuando limpiamos lo que deja el Sugar Squad.

—Nuestra situación fue complicada —gruñó Ginger.

—Siempre es complicado cuando fallan, pero de alguna manera es pan comido cuando ganan.

Su mirada aterrizó en Bel. Extendió una mano.

—Tú debes ser el humano del que me habló Santa. —Su tono se aligeró ligeramente—. Bienvenido al circo. Me llamo Tunfro.

Bel, tomado completamente por sorpresa, le estrechó la mano con torpeza.

—Eh… Soy Bel.

—Un consejo, Bel: sé que estás atorado con estas idiotas porque Santa lo ordenó. Algo sobre reformarte, salvar sus propias carreras, todo eso. —Se inclinó hacia él—. Pero si alguna vez quieres ver cómo se ve una misión real, eres bienvenido a juntarte con nosotros. Los trabajos importantes no se los dan a equipos con una tasa de éxito bajo cero.

—¡Nuestra tasa de éxito cambia a partir de hoy! —Las mejillas de Cinnamon se inflaron.

—Lo creeré cuando lo vea, Capitana Quesitos. —Tunfro se rió entre dientes ante la actitud de puchero de Cinnamon. Giró y le dio a Ginger una palmadita condescendiente en la cabeza—. Ah, ¿y Bel? Cuidado con la señorita Huracán. Tiene el autocontrol de una mecha corta.

—¡Agarra tu cara de presumido y a tus gorilas de pacotilla —gruñó Ginger, todo su cuerpo comenzando a irradiar calor—, y lárgate de aquí antes de que reviente esa cara!

Volutas de humo se elevaron de su cabello. La mano de Pepper se aferró a su hombro.

—Aquí no. No vale la pena.

Tunfro se rió, retrocediendo ya con su escuadrón.

—Siempre un placer, Terroncitos de Azúcar. Traten de no quemar nada importante hoy, ¿eh? —Desaparecieron entre la multitud de elfos.

Por un momento, el Sugar Squad simplemente se quedó allí en silencio.

Entonces Cinnamon se volvió hacia Bel.

—Incluso si pudiéramos tomar esa misión, no te pondría en peligro. Nos vamos a separar. Bel se queda con una de nosotras en una tarea de bajo riesgo.

—Entonces viene conmigo —declaró Ginger, las llamas en su cuerpo finalmente extinguiéndose—. Vámonos, mocoso.

Bel no se movió. De hecho, dio un pequeño y deliberado paso hacia Cinnamon. El ojo de Ginger se contrajo.

—No hagas esto difícil. Vienes conmigo, ya sea que tenga que arrastrarte o…

—Relájate —ordenó Cinnamon. Recogió a Bel con su cola—. Belial. Tú eliges con quién pasar el día.

Bel miró sus opciones. Ginger era odiosa y le estaba dando una mirada que prometía tortura si no la elegía. Pepper era intimidantemente silenciosa la mayor parte del tiempo y robótica cada vez que hablaba. En lo que respecta a Cinnamon, el recuerdo de estar atrapado en su pantufla todavía estaba fresco. Su cara todavía se sentía en carne viva donde sus dedos lo habían agarrado.

Eso dejaba una opción.

—Ella. —Señaló a Marshmallow.

Los ojos de Marshmallow se abrieron de par en par de sorpresa.

—¿Yo? ¿De verdad?

Él asintió, negándose a hacer contacto visual con ella.

—¡Ay, qué emoción! —Juntó las manos, prácticamente brillando de emoción—. ¡Nuestra primera misión solos, Bel! ¡Para cuando acabe el día, seremos mejores amigos! ¡Lo sé!

—Yo no estaría tan seguro —murmuró él. Echó un vistazo a sus curvas anchas—. Si me da hambre, seguro te tragas mi comida. Se nota que es tu especialidad, gorda.

A Ginger se le cayó la mandíbula. Pepper arqueó una ceja. La cola de Cinnamon se apretó más fuerte alrededor de él.

Pero Marshmallow sólo sonrió.

—Probablemente tengas razón —se rió ella, dándose palmaditas en el estómago—. Me encanta la comida. Siempre me consuela. —Le tomó la mano suavemente—. Y significa que conozco todos los mejores lugares para comer si te estás muriendo de hambre.

Trató de retirar su mano, pero ella se aferró. Ni siquiera notó que se estaba resistiendo.

—Debería ser una buena pareja —dijo Cinnamon—. Sólo manténganse cerca de los sectores principales en caso de emergencia.

—Buena idea. —Marshmallow se desplazó por las opciones—. Uy. «Desastre en la panadería» suena perfecto. Fácil, seguro y delicioso.

«¿Qué?». Bel inclinó la cabeza. «¿De verdad hacen cualquier cosa? ¿Necesitan un equipo para eso?».

—¡Nos vamos, Bel! —canturreó Marshmallow, tirando ya de él hacia la salida—. Y nos vemos más tarde, chicas.

—No lo pierdas de vista —ordenó Cinnamon—. ¿Y Marshmallow? Si aparece Seph, huye. No intentes pelear con ella sola.

La sonrisa de Marshmallow no flaqueó.

—Ya lo sé.

Mientras se alejaban, Bel miró hacia atrás una vez más. Ginger todavía lo fulminaba con la mirada, con los brazos cruzados. Pepper ya se había vuelto hacia el tablero de misiones, sin inmutarse. Cinnamon lo vio irse, su expresión ilegible.

«Por favor, díganme que no elegí la peor opción».



Nota del autor:
Antes del lanzamiento, sinceramente esperaba que Ginger fuera la favorita por su diseño. Me sorprendió ver que la gente prefiere a Marshmallow. Estoy contento con el diseño de cada una, pero fue lo menos esperado, sobre todo porque usa zapatos bajos. ¿Se dará cuenta Bel de cómo huele con ellos puestos? Ya lo veremos.
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