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Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir.

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Capítulo 3 - El tour de las disculpas
—Me han desobedecido deliberadamente.

La voz de Santa Claus llenó cada rincón del estudio. Las cuatro elfas estaban arrodilladas en el suelo, con la cabeza gacha. Incluso Ginger, que nunca se callaba, se había quedado en silencio.

—Violaron el Voie. Trajeron a un niño humano a nuestro mundo.

—Bueno… —Las manos de Marshmallow temblaron—. Como que sí dejamos bien en claro que teníamos muchas ganas de hacerlo.

La mirada de Santa se clavó en ella. Se estremeció tan fuerte que sus coletas se sacudieron.

—¿Acaso se detuvieron un solo momento a pensar en las consecuencias? Una madre que cree que su hijo ha desaparecido de la faz de la tierra. Un padre que tal vez nunca vuelva a ver a su hijo. Una hermana que…

—No tiene padre —interrumpió Cinnamon.

—Entonces una madre y una hermana, solas con su dolor. ¿Eso te hace sentir mejor, Cinnamon?

Ella no dijo nada.

—Más allá de la familia —continuó—, el espíritu del niño ya está quebrado. Traerlo a nuestro mundo pudo haberlo destrozado para siempre. El Voie existe por algo.

—Estamos a salvo. No es como si la policía de Nueva York pudiera hacer algo aquí —murmuró Ginger por lo bajo—. ¿Y si llaman a Nueva Jersey de refuerzo? Sería como llamar a un payaso para una emergencia de…

—Ginger.

Esa sola palabra le obligó a cerrar la boca.

—Su apuesta terminó en una confrontación directa con Seph, trayendo su caos al corazón de Mistletown. Los niños quedaron traumatizados. Tienen suerte de que sólo hubo daños materiales. —Dejó que la información calara—. Esos daños saldrán de sus salarios los próximos tres ciclos.

Un gemido colectivo recorrió al escuadrón.

—En cuanto al chico, su espíritu ya está roto. Regresarlo ahora, en este estado de terror, confusión y odio, sería cruel. Cargaría con las cicatrices de esta noche por el resto de su vida: cicatrices que ustedes le causaron.

A Cinnamon se le cerró la garganta. Incluso Pepper parecía incómoda.

—Él se quedará aquí —dijo Santa—, hasta Nochebuena. Ustedes repararán lo que rompieron. Ésa es su nueva misión.

Un destello de esperanza volvió a sus rostros. Cinnamon comenzó a abrir la boca.

—Si para esa noche —continuó él—, el nombre de Belial Angel no está cerca de la cima de la lista de los buenos, no me quedará más opción que declarar su período de prueba como un fracaso. Y fallar una prueba por un delito de esta magnitud resultará en su expulsión.

Las chicas se congelaron.

—Serán expulsadas, se les quitará su magia, y serán desterradas del Polo Norte para siempre. —Miró a cada una de ellas—. ¿Entendido?

—Sí, señor —susurraron al unísono, sus voces apenas audibles.

—Entonces váyanse.



Caminaron desde el estudio de regreso a su apartamento en un silencio atónito. En el momento en que la puerta de su apartamento hizo clic al cerrarse, la presa se rompió.

—¿Exiliadas? —chilló Ginger, quitándose de una patada sus odiadas botas de patrulla—. ¿Me estás jodiendo? Nos aventamos el proyecto más grande del siglo, ¿y así nos lo agradece? ¿Amenazándonos con echarnos a patadas?

—Rompimos una regla muy importante —dijo Marshmallow en voz baja, con los labios temblando. Se hundió en el sofá—. Si nos exilian… tampoco podríamos vivir entre los humanos, ¿o sí?

—La seguridad del Voie está al máximo ahora —declaró Pepper—. Te lo aseguro. Sin magia y sin acceso al Polo Norte, seríamos como fantasmas, atrapadas en territorio salvaje sin ningún propósito.

—¡No es justo! —Ginger iba de un lado a otro, quitándose los calcetines mojados. El dedo gordo de uno tenía un agujero, y la piel debajo estaba en carne viva—. ¡A veces hay que romper las reglas para que las cosas pasen! ¡Así es como funciona el progreso!

—Sí, y a veces romper las reglas hace que te exilien —dijo Pepper con un suspiro.

—¡Oigan, cálmense! —La voz de Cinnamon atrajo toda la atención—. No podemos darnos el lujo de entrar en pánico ahorita. Esto está difícil; no se los voy a pintar bonito. Pero no es imposible.

—¿Que no es imposible? —Ginger se giró hacia ella—. Cinnamon, Seph ya sabe que él está aquí. Si esa loca le pone sus estúpidas manitas encima, nunca lo va a soltar. Nunca va a llegar a casa, su nombre nunca va a llegar a la lista, y a nosotras nos van a…

Cinnamon le tapó la boca a Ginger con una mano, sus ojos moviéndose hacia la esquina de la habitación.

Allí había una gran jaula de alambre; algo que habían comprado meses atrás, sin imaginar nunca que realmente la usarían. Pero dentro de ella ahora, agazapado como un animal acorralado, había un niño humano. Su mirada las quemaba.

—Oye —advirtió Ginger, su voz amortiguada por la mano de Cinnamon. Se la quitó de encima—. No nos quieres ver con esa cara ahorita, niño.

El estómago de Bel rugió audiblemente.

—Denme de comer.

—¿Qué?

—¡Me oyeron! —Sacudió la puerta de la jaula, haciendo sonar el metal—. ¡Denme de comer, perras! ¡Ahora mismo!

Marshmallow jadeó.

—Bel, eso no es muy…

—¡No soy un perro! ¡Me secuestraron, me hicieron chiquito y luego me aventaron en una jaula como si fuera un animal! ¡Lo menos que pueden hacer es darme de comer! ¿O la gorda ésa se queda con toda la comida?

Los ojos de Marshmallow se abrieron de par en par. Antes de que pudiera intentar responder, Cinnamon se puso frente a ella.

—Intentemos eso otra vez —dijo—. ¿Qué tal si esta vez dices «por favor»?

—A la mierda su «por favor». —Bel se cruzó de brazos y les dio la espalda, con los hombros encorvados.

Cinnamon cerró los ojos y respiró hondo. Cuando los abrió de nuevo, simplemente se quitó las botas, las arrojó hacia la puerta principal y se alejó. Las otras tres se quedaron atrás, mirándolo.

A pesar del calor del apartamento, Bel estaba temblando. Era sutil, sólo un leve temblor en sus hombros, pero Marshmallow lo notó de inmediato.

Se arrodilló, presionando su cara contra los barrotes.

—¿Tienes frío?

—Sólo quiero irme a casa —susurró. Su voz se quebró en la última palabra.

—Te prometemos que te vamos a llevar allá, Bel. Pero de verdad, de verdad necesitamos tu ayuda. Si no podemos arreglar esto, todas vamos a estar…

Pepper puso una mano en el hombro de Marshmallow, interrumpiéndola. Miró a Bel con su habitual expresión inexpresiva.

—¿Qué comida es típica para un niño humano, Belial?

Él no respondió.

—Tienes hambre, ¿no es así?

—Pizza. Hamburguesas. Cosas normales. —Mantuvo la espalda girada.

—Veremos qué podemos aproximar —dijo Pepper—. Ginger, ayúdame en la cocina. Marshmallow, por favor vigílalo.

Eventualmente lo dejaron salir de la jaula, pero no en una silla. Lo sentaron en el suelo mientras le colocaban un plato de lasaña delante. Parecía mayormente normal, pero el aroma llevaba una extraña dulzura ácida. Cuando dio el primer bocado, la carne sabía levemente a bayas y especias, nada como la lasaña regular.

Frente a él, Ginger, Marshmallow y Pepper se acomodaron en el sofá. Casualmente, subieron sus pies descalzos a la mesa de café.

El tenedor de Bel se congeló a medio camino de su boca.

Forzó sus ojos a volver a su plato, pero su visión lo traicionó. Todavía podía ver los pies flexionándose, curvándose y moviéndose. La forma en que se movían hacía que se le erizara la piel.

—Cinnamon dijo que no eras muy fan de nuestras tradiciones de Halloween —comenzó Marshmallow en voz baja—. Aunque no puedo decir que entienda por qué. ¿A quién no le gusta Halloween?

—No mames. Obvio es por los pies —se rió Ginger con suficiencia, abriendo mucho los dedos. Hizo como que le aplastaba la cabeza entre ellos—. Yo no entiendo por qué este escuincle se traba cada vez que hay pies de por medio. Es un besito rápido y ya. No es como si le estuviéramos pidiendo que lama entre los dedos ni nada.

El tenedor de Bel cayó sobre el plato.

—¿Fue la suciedad? —preguntó Pepper, inspeccionando sus propias uñas rojas—. ¿O el olor? ¿Tal vez la textura?

—Paren. —Su voz salió ahogada—. Dejen de hablar de eso.

—¿De qué? —La sonrisa de Ginger se hizo más grande—. ¿Pies? Ni siquiera puedes decir la palabra, ¿a poco no?

—¡Sí puedo decirla, idiota! —espetó—. Simplemente no quiero.

—Qué fascinante. —Pepper inclinó la cabeza—. El miedo aparentemente se extiende incluso al reconocimiento verbal. Pies…

Bel empujó su plato lejos. Se puso de pie a duras penas, tropezó y apenas llegó al pequeño bote de basura antes de tener arcadas secas dentro de él. Las tres chicas lo miraron asombradas. No lo habían tocado ni amenazado. Ni siquiera habían acercado sus pies a él. La mera mención de lamer dedos y repetir la palabra lo había enviado a un pánico.

—Qué tan raro eres —murmuró Ginger—. Sabes, iba a decir que no te íbamos a molestar tanto con nuestros pies mientras estuvieras aquí. —Se reclinó, cruzando los tobillos sobre la mesita—. Pero ahora estoy pensando que le tengo que subir.

—¿Qué? —casi chilló Bel—. ¿Qué me podrías hacer con tus… tus cosas?

—Ah, ah, ah. —Ginger meneó su dedo gordo—. Sin spoilers. Una de las reglas de ustedes los humanos, ¿no? Siempre hay que mantener a la gente en suspenso. Bueno, a menos que estés en Japón, donde nada es sorpresa en la tele.

—¿Japón? ¿Cómo sabes de…?

—Lo que harás con los pies de ellas puede esperar, Belial. —Cinnamon había regresado y se había cambiado a un conjunto simple de pijama azul—. En cuanto a los míos, considera el pie de mi cama tu nuevo lugar para dormir.

Su cabeza se levantó de golpe.

—¿Por qué?

—Una medida disciplinaria. Después de tu intento de escape, perdiste ciertos privilegios, como dormir a más de un metro de mí.

—¿Estás loca? —Retrocedió hasta golpear la pared—. ¡Todas son unas psicópatas! ¿Ahora quieres que duerma con tus pies asquerosas, maldita perra?

—Ésta es la última vez que usas esa palabra en este departamento, niño. —Cruzó la habitación, lo agarró de la oreja y lo levantó—. Y mis pies están limpísimos. Lo que sea que te haga volverte loco con ellos es tu problema, no el mío.

—¡Los pies son pies! —escupió. Hacía una mueca cada vez que tenía que decir la palabra—. ¡Son asquerosos! ¡Todos! ¡Los tuyos, los de ellas, los de todos!

—Ah, ¿sí? —Los ojos de Cinnamon se entrecerraron. Se sentó en el sofá y levantó un pie hacia Ginger—. Análisis olfativo, Ginger. Ahora.

—¿Eh?

—Huélelo. Por favor.

—Ah, ya entiendo. —Sin dudarlo, Ginger se inclinó y dio una olfateada odiosamente ruidosa. Sus fosas nasales se dilataron. Sonó como una aspiradora tratando de inhalar una alfombra. Todo el tiempo, mantuvo los ojos fijos en Bel, su sonrisa creciendo más.

—Mmm. —Se apartó, lamiéndose los labios—. Canela con un toque de vainilla. Cinco estrellas, Cinnamon; volvería a olerlo su pudiera.

A Bel le temblaban las rodillas.

—¿Ves? —Cinnamon se dejó caer en el sofá, poniendo sus pies junto a los otros. Curvó los dedos, presumiendo sus impecables uñas negras—. Condición óptima. Siempre.

—Saben —dijo Marshmallow—, tal vez si lo acercamos a nuestros pies, entenderá que no dan miedo.

—Uy, me late eso —ronroneó Ginger—. Hazlo, Cinnamon. Te ha estado faltando al respeto toda la noche, ¿no?

Cinnamon miró a Pepper, quien asintió una sola vez. La decisión estaba tomada.

—Belial. Vas a gatear hasta aquí y besar las plantas de cada uno de nuestros pies. Mientras lo haces, nos mirarás a los ojos y te disculparás por tu lenguaje asqueroso.

—¡No! ¡Que se vayan a la mierda! ¡Todas ustedes! —Retrocedió a gatas, hundiéndose en la esquina.

Cinnamon se encogió de hombros.

—Podrías haber dormido en una cama calientita esta noche. Supongo que la jaula tendrá que servir. Después de todo, no duermo con animales salvajes.

La palabra «puta» se formó en su mente, pero se la tragó. El silencio se alargó.

—¿Sólo un pie cada una? —murmuró finalmente, casi con arcadas del asco de las palabras.

—No. Tus opciones son un beso largo en un pie de cada una de nosotras, o dos besitos rápidos, uno en cada pie. —Lo miró fijamente—. Elige tu castigo.

—Besos cortos —susurró, gateando hacia la mesita sobre sus manos y rodillas.

Ginger fue la primera. Se inclinó hacia adelante.

—No seas tímido.

Bel mantuvo la vista baja, pero fue inútil. Los pies de ella eran completamente inevitables.

Estaban antinaturalmente pálidos por haber estado atrapados en calcetines toda la tarde. Para su mente aterrorizada, su misma forma estaba mal. Sus arcos se curvaban en ángulos imposibles, creando cavernas sombrías entre sus talones y las bolas de sus pies. Sus dedos eran lo peor: largos, como dedos de mano y pareciendo moverse con su propia independencia.

Sus uñas estaban pintadas de rojo brillante, y aferrándose tercamente entre varios dedos había pequeños trozos de pelusa negra de calcetín.

—Están esperando —canturreó ella, abriendo los dedos lo más que podía. Se movieron entonces en una ola, como una especie de oruga carnosa—. Tenemos semanas juntos, amiguito, así que acostúmbrate.

«¿Semanas?». Estaba listo para desmayarse.

Gimiendo, cerró los ojos y se inclinó. Sus labios se presionaron contra la bola de su pie derecho.

La textura era húmeda y pegajosa, como tocar pollo crudo. La piel tenía un calor extraño. Retrocedió, con arcadas.

Se obligó a avanzar de nuevo, esta vez apuntando a su pie izquierdo. En el momento en que sus labios lo tocaron, fue golpeado por una bocanada húmeda de olor: jengibre, cítricos y el almizcle natural de dedos que habían estado atrapados en una bota durante horas. Viajó profundo por su nariz.

Ginger se mordió el labio, reprimiendo una risita.

—Lo… siento… —La voz de Bel era baja.

—¿Lo siento qué? —Ginger extendió su pie izquierdo y le pellizcó la nariz entre su dedo gordo y el segundo. La humedad hizo que se pegaran cuando apretó. Sus gemidos aumentaron—. Soy Ginger. Quiero oír mi nombre en una disculpa, ¿captas?

Trató de empujar su pie lejos, pero ella se mantuvo firme durante tres agonizantes segundos antes de soltarlo. Sus dedos se movieron amenazadoramente.

—Lo siento, Ginger, por decirte perra.

—¿Ves? ¿Fue tan difícil? —Le dio unas palmaditas en la mejilla con el mismo pie—. Bien, ¿quién sigue en el tour de las disculpas?

—¡Yo! ¡Yo! ¡Soy Marshmallow! —La sonrisa de la siguiente chica era definitivamente genuina. Demasiado genuina—. De verdad espero que podamos ser amigos, Bel.

Bel se preparó para otro par de pies inquietantemente delgados, pero los de Marshmallow eran diferentes.

Mientras los pies de Ginger eran atléticos y delgados, los de Marshmallow eran acolchados y gorditos. Sus arcos eran tan bajos que apenas se curvaban. Sus dedos eran cortos y regordetes, haciéndolos de alguna manera más extraños para Bel.

Una vez más cerca de ellos, una extraña dulzura llenó sus fosas nasales. Era una mezcla de masa de pan con un aroma salado subyacente. Tomó una respiración superficial y plantó un beso miserable en su planta derecha.

Su cara se hundió en ella.

La suavidad era desorientadora. Su pie parecía tragarse sus labios enteros.

El cuerpo entero de Marshmallow se sacudió. Su pierna dio una patada.

—¡Perdón! —chilló, su cara poniéndose rosa brillante—. ¡Me dan cosquillas! ¡Muchas, muchas cosquillas!

Rápidamente le dio un besito a su pie izquierdo. Otra risita brotó de ella, y su pie dio una patada de nuevo, esta vez golpeando su hombro y casi derribándolo.

—Lo siento, Marshmallow —murmuró, alejándose a gatas rápidamente antes de que empezara a reír otra vez y le diera una conmoción cerebral.

—¡Te perdono! —Todavía se reía mientras trataba de componerse—. Ahora somos amigos, ¿verdad?

Bel no respondió. Ya estaba mirando los pies de Cinnamon.

A primera vista, se parecían a los pies de Ginger: atléticos con arcos altos y dedos estrechos, todos cubiertos de un esmalte negro brillante. Pero estos eran demasiado prístinos. Prácticamente brillaban bajo las luces del apartamento. Incluso desde la distancia, el aroma lo golpeó: canela tibia y vainilla dulce, tan intenso que casi podía saborearlo.

Debería haber sido agradable. Pero en este contexto, era repugnante. Como perfume rociado sobre basura.

Cuando besó su pie, ella se estremeció fuertemente. Sus dedos se curvaron con fuerza, y un pequeño chillido escapó de su garganta.

Él miró hacia arriba, confundido.

Cinnamon lo miraba furiosa, pero había algo más en sus ojos. Pánico. Sus orejas se movían rápidamente.

—Lo siento, Cinnamon —dijo rápidamente, moviéndose a su pie izquierdo. Pasó lo mismo; besó la planta, ella se estremeció, y sus dedos se arrugaron.

—Bien —dijo ella, secándose la frente. Meneó los dedos—. Ahora, ¿éstos te parecen los pies de alguien con problemas de higiene? Dime.

Antes de que pudiera responder, Ginger estalló en carcajadas.

—¿Te sientes un poco insegura, Cinnamon?

—No sé de qué…

—Incluso después de una ducha fresca, todavía te preocupa que tus bombas apestosas estén activas —se rió entre dientes, golpeando el apoyabrazos.

La cara de Cinnamon se puso roja.

—¡Deja de mentir enfrente de este niño!

—Ya olí tu pie y dije que estaba bien. ¿Acaso la capitana Quesitos necesita que lo vuelva a inspeccionar?

—¡Es una función corporal normal! —balbuceó Cinnamon. Acercó un pie a la cara de Bel—. ¡Mis pies sudan! ¡Mucho! ¡Pero a todos les sudan los pies! ¡No significa que no sean higiénicos!

—La honestidad es lo mejor, capitana Quesitos —se rió Marshmallow.

Bel hizo una mueca. ¿Capitana Quesitos? ¿Bombas apestosas? Un hilo delgado de vómito escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.

Cinnamon rápidamente retiró sus pies, enroscando su cola fuertemente alrededor de su cintura. Luego se llevó el pie a la nariz, lo olió y lo bajó.

—Huelen bien. Son pies normales. —Respiró hondo—. Pepper, es tu turno. Acabemos con esto.

—Como ordenes, capitana Quesitos. —La más leve de las sonrisas apareció en los labios de Pepper mientras Cinnamon se tapaba las orejas.

Pepper había estado sentada en silencio todo el tiempo, observando con su habitual expresión inexpresiva. Ahora simplemente extendió sus pies hacia adelante. Eclipsaban a todos los demás en altura, siendo unos de los pies más grandes en una chica que Bel hubiera visto jamás. Sus dedos eran notablemente más puntiagudos que los otros, y estribos negros separaban sus talones del resto de las plantas.

Bel gateó hacia ellos, e inmediatamente sus ojos comenzaron a lagrimear.

Un tufo abrumador llenó sus fosas nasales antes de que estuviera siquiera cerca. Tomó una sola respiración e inmediatamente se arrepintió. Todo ardía.

Rápidamente plantó los dos besos más rápidos de su vida en sus plantas. Ella no se movió ni un centímetro.

—Lo siento, Pepper —jadeó, retrocediendo a gatas y respirando por la boca.

—Disculpa aceptada. —Inclinó la cabeza ligeramente—. Me disculpo por la intensidad del olor. De haber sabido que habría contacto físico prolongado, me habría aplicado crema adicional esta tarde.

—Es sólo un bebé, Pepper. Ni siquiera puedo oler nada desde aquí —se rió Ginger—. ¿De verdad quieres oler unos pies asquerosos, chiquillo? Huele las patas de Cinnamon justo después de una misión. Ella cultiva ese queso de pata como si fuera una trufa rara.

Cinnamon la pellizcó en el hombro.

—¿Ya terminaste?

El cuerpo entero de Bel temblaba. ¿Queso de pata?

—Se acabó el recreo —anunció Cinnamon, levantándose—. Me muero de hambre.

Irrumpió hacia la cocina, su cola dando latigazos detrás de ella. Bel se quedó sobre sus manos y rodillas, mirando al suelo, tratando desesperadamente de no pensar en lo que acababa de pasar.

Pero estaba fallando.



Cuando Bel se echó agua en la cara en el fregadero de la cocina, el vapor le trajo el aroma a menta: demasiado dulce. Parpadeó entre la niebla, mirando hacia la mesa donde las elfas devoraban la lasaña como si fuera su última comida. Pepper ya iba por su quinta porción. Él apenas había terminado una y se sentía hinchado.

Se le revolvía el estómago por lo que lo habían obligado a hacer. Cada vez que cerraba los ojos, veía los dedos, los arcos y esos horribles talones.

—Hora de ducharte, Belial —anunció Cinnamon, dirigiéndose ya hacia el baño. Su voz aún tenía esa tensión de antes.

—Te trajimos algo de tu ropa —añadió Marshmallow, tomándolo de la mano—. Por acá.

La ducha fue una batalla con una perilla en forma de copo de nieve que parecía hecha para torturarlo. Lo más caliente se sentía como lava fundida; lo más frío casi le daba hipotermia. Se conformó con el tibio de en medio, dejando que el agua le pegara en la espalda.

Mientras el agua caía, trató desesperadamente de imaginar los azulejos de su propio baño. Pero el dulce aroma del agua lo seguía devolviendo a la realidad de un jalón.

«No estoy roto», pensó con amargura. «Así que ¿qué demonios creen que están tratando de arreglar?».

Cuando se secó, agarró la pequeña pila de ropa que Marshmallow le había dejado en el mostrador. Su camisa, ropa interior y pantalones estaban presentes.

¿Pero dónde estaban los calcetines?

Su le paró el corazón. Buscó frenéticamente por todo el baño. El frío de las baldosas empezó a filtrarse por sus pies descalzos.

Un golpe sonó en la puerta.

—Oye, ¿todo bien ahí adentro? —preguntó Ginger.

—Yo… Necesito mis calcetines. —Trató de ocultar el pánico en su voz.

Hubo una pausa.

—Este… No, no los necesitas. —Pareció dar media vuelta—. ¿Agarraste sus calcetines?

—¿Qué? —La voz de Marshmallow se oyó fuerte—. ¡Pero yo pensé que tú lo habías hecho!

—Pues qué mal. —La voz de Ginger regresó a la puerta—. Mira, no te vas a congelar acá adentro. Vámonos.

—Pero… —Se miró los pies—. ¿No pueden hacer aparecer un par con magia? ¿Por favor?

—No funciona así —dijo entre dientes—. Ahora, o sales tú, o entro yo.

—Sólo… ¡Sólo no me miren! —Abrió la puerta de golpe y salió corriendo, caminando de puntitas sobre la madera. Ni siquiera sabía dónde poner los ojos, mucho menos los pies.

Pero Ginger sabía exactamente a dónde iba. Se le plantó directamente en el camino, bloqueándole el paso.

Soltó una carcajada.

—¿Eso es lo que te da tanto miedo que veamos?

—¡No es gracioso! —Trató de esconder un pie detrás del otro—. ¡Deja de mirar!

—Sólo son pies —se rió entre dientes—. Hiciste que esperara seis dedos o algo así. Son súper normales y por lo tanto decepcionantes.

—¡Sólo muévete! —Trató de retroceder—. ¡Esto es raro!

—Se ven lindos para mí —dijo Marshmallow, arrodillándose para ver más de cerca. Todo el cuerpo de Bel se puso rígido mientras ella le pasaba un dedo por la planta del pie—. Un poco calloso en el talón, y tus uñas están algo largas, pero no es nada que una buena pedicura no pueda arreglar.

—¿Qué? —Retiró su pie de un tirón—. ¡Ni de broma! Eso es demasiado…

—¿Femenino? —terminó Ginger por él. Le revolvió el pelo—. ¿Sabes qué? Me voy a poner como meta ver tus piecitos cada maldito día.

Quería hacerse bolita y desaparecer.

Marshmallow todavía los miraba con sus grandes ojos.

—La verdad sí son un poco lindos cuando doblas los dedos como…

—¡Ya cállate!

Un chasquido de dedos cortó su protesta.

Su mundo se estiró. Las chicas se volvieron figuras imponentes sobre él. La enorme mano de Cinnamon bajó y lo arrancó del suelo.

—¿Qué haces? —gritó.

—Ya casi es medianoche. También conocida como hora de dormir.

Lo llevó por el pasillo. Él se sacudió inútilmente en su agarre.

Su habitación era una contradicción. Había estanterías organizadas alfabéticamente con precisión militar y un escritorio tan ordenado que uno podría dormir sobre él. Sin embargo, en la esquina había una montaña de ropa sucia, y su enorme cama estaba repleta de almohadas y cobijas en exceso. El suave aroma de una vela de canela competía con algo más fuerte.

Saltó a la cama. Luego agarró una pantufla azul y peluda.

—Para evitar que te pierdas, esto servirá como tu cama esta noche —declaró, sosteniendo la pantufla en alto.

—¡No! ¡Me vas a aplastar!

—Los insectos son bastante duraderos, ¿no? —Lo colocó dentro de la abertura de la pantufla—. Además, eres demasiado terco para olvidarte, aunque no seas más alto que mi talón.

Trató de salir a gatas, pero los dedos de ella lo empujaron más adentro. El forro peludo le hacía cosquillas en la piel.

Entonces miró hacia arriba y vio el pie de ella bajando.

La planta tapó la luz como un eclipse. Cada detalle se agrandó a proporciones de pesadilla: el brillo de la loción, cada pliegue de su piel, la forma en que se le flexionaban los dedos.

—¿Algunas últimas palabras antes de convertirte en mi calentador de pies esta noche? —bostezó ella.

—¿Podrías al menos ponerte un calcetín? —Su voz se quebró—. ¿Por favor?

Cinnamon hizo una pausa. Luego, con una risa cansada, deslizó su pie el resto del camino hacia adentro. Su grito ahogado se perdió en la prisión de felpa.

En la oscuridad total, el peso lo presionó desde todos lados.

El olor lo golpeó de inmediato: ese perfume sofocante de loción, tan espeso y dulce que era como ahogarse en jarabe. Pero debajo de eso había algo más. Un leve tufo a sudor.

«Dijo que estaban limpios», se repitió. «Dijo que estaban limpios».

Pero que estuvieran limpios no importaba cuando los tenía presionados contra la cara.

Cada respiración que daba era caliente y húmeda, aire reciclado que ya había pasado por su piel. Podía saborear la loción. Se dobló y retorció, tratando de encontrar una posición que no fuera totalmente degradante. Pero no existía tal posición. Estaba encajado en la punta de la pantufla, y el pie de ella ocupaba cada centímetro de espacio encima de él.

—Deberías estar agradecido de que te mantenga bien calientito —retumbó su voz distante—. Buenas noches.

La oyó moverse, dándose vuelta de costado. La presión cambió dentro de la pantufla; ahora estaba aplastado contra la plantilla.

Cada respiración de ella era como una marea. Su pie se levantaba ligeramente con cada inhalación, luego volvía a asentarse con la exhalación, aplastándolo más.

«¡Me voy a morir aquí adentro!».

Le arañó el arco con las manos, tratando de empujar esa pared inamovible de carne. Un suave suspiro se escapó de ella.

En lugar de alejarse, su pie se asentó más firmemente. La almohadilla le presionó el pecho como una roca húmeda. Los dedos colosales se desplegaron sobre él; podía sentirlos estirarse. Luego, sin aviso, se cerraron.

La cabeza le quedó atrapada en el agarre.

Piel cálida y húmeda le presionó la cara desde ambos lados. Se sacudió salvajemente, sus puños golpeando contra los dedos masivos. Pero sólo apretaron más. El apretón de los dedos lo empujó más hacia la punta de la pantufla, donde todo el sudor y el calor se acumulaban como un charco nocivo.

El olor era insoportable aquí. Atrapado entre los dedos, estaba presionado contra la grieta salada.

Lágrimas de puro terror y humillación le llenaron los ojos. Le corrieron por las mejillas y se mezclaron con el sudor con el sudor de los dedos de ella. Lloró en silencio.

«¿Qué hice para merecer esta pesadilla?».

Pensó en casa. En los wafles medio quemados de su mamá de los que siempre se quejaba. En pelear con Morrigan por el control de la televisión: peleas tontas que parecían tan importantes en ese entonces. En su propia habitación…

Hasta extrañaba la escuela. La sonrisa genuina de Lisa, los chistes tontos de Chase, la miseria simple y predecible de que lo ignoraran.

Los minutos se fueron arrastrando hasta volverse horas. Poco a poco, el pie de Cinnamon empezó a sudar más a medida que su cuerpo entraba en sueño profundo. La loción ya no lo podía ocultar del todo. Los dedos se volvieron más húmedos.

La mente de Bel empezó a vagar mientras el agotamiento se arrastraba. De pronto era pequeño de nuevo, sentado entre su mamá y Morrigan en el viejo sofá. Estaba el sonido de la TV pasando alguna caricatura que no le podría haber importado menos, la cabeza de Morrigan descansando en su rodilla y la mano de su madre pasándole por el pelo.

—¿Estás bien, Bel? —preguntó su madre en el recuerdo.

—Sí.

Pero no estaba bien entonces. Y ahora, atrapado entre los dedos gruesos que olían a canela y sudor de una giganta, respirando aire que era más olor de pie que oxígeno, definitivamente no estaba bien.

Atrapado en la pantufla, finalmente se quedó dormido, soñando con un hogar del que no estaba seguro de volver a ver.



Nota del autor:
Me da risa que algo tan sexi para un grupo pueda ser una pesadilla para otros. Si les decepciona que él no le haya olido los pies naturalmente apestosos a Cinnamon, tengan paciencia.
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