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Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir.

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#1106270 added January 18, 2026 at 12:56pm
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Capítulo 1 - Arreglémoslo
El cumpleaños de Morrigan Angel era más una coronación anual que una fiesta. La sala estaba cubierta de telarañas. Una suave brisa salía de las bocinas ocultas. Entre todo lo demás, ocho velas brillantes parpadeaban sobre un delicioso pastel de chocolate.

Como era treinta de octubre, se consideraba la antesala de Halloween.

Bel, su hermano mayor, permanecía en un rincón. Si se iba, estaría dándole a Morrigan la victoria de haberlo echado.

Sus amigas abarrotaban la sala como fieles en un altar. Todas chicas. Siempre chicas. Se movían por su casa como si fueran las dueñas. Sus pies asquerosos manchaban el suelo, y sus risas le retumbaban en los oídos.

«Se creen la gran cosa. Se hacen las santitas, pero en cuanto dejas de complacerlas, te hacen pedazos. Igual que los idiotas de la escuela. Igual que mamá, que siempre está de su lado.».

Ella podía hablar con cualquiera, reír con cualquiera y moverse por el mundo sin mirar por encima del hombro. Las chicas lo tenían muy fácil; simplemente existían, y la gente las amaba por ello.

La vio arrancar el papel de regalo de otro obsequio: un nuevo teléfono con pantalla táctil. El chillido que soltó provocó aplausos. Una de sus amigas la abrazó.

Los dedos de él se cerraron en puños.

Se deslizó hacia la cocina. El tazón de dulces estaba sin proteger sobre la encimera. Se formó una sonrisa amarga. Si iba a ser invisible, más le valía ser un ladrón. Se lanzó y sus bolsillos se abultaron con rompemuelas y chocolates.

Regresó mientras Morrigan revelaba el gran premio: una caja de música de cristal de su madre. Atrapaba la luz y se dividía en cien pequeños arcoíris.

—Está preciosa —rió ella, sosteniéndola como un trofeo.

Esa risita sin esfuerzo fue la gota que derramó el vaso. Con un movimiento de muñeca, le tiró la caja de las manos. Se oyó un crujido agudo. La esquina se hizo añicos al chocar contra el suelo, y una telaraña de fracturas arruinó su perfección.

El rostro de Morrigan se descompuso.

—¿Qué te pasa? —Su voz se quebró.

—Es basura —rió él entre dientes—. Mañana te regalan un millón más.

—Ya basta, Bel —advirtió su madre Lilith—. A tu cuarto. Ya.

—Como sea. —Puso los ojos en blanco.

Pero Morrigan irrumpió en la cocina. Pasaron unos segundos. Salió de nuevo de la cocina con un chillido y se le echó encima, sacándole el aire de los pulmones.

—No lo aguantas, ¿eh? —gruñó ella—. Un día. Un solo día sin que tengamos que preocuparnos por el rarito del rincón.

Él la apartó de un empujón, jadeando. Ella tropezó hacia atrás. Su talón resbaló y, de repente, se encontró con un pie descalzo en el aire.

Ella notó cómo retrocedía.

—Ah, verdad. —Su voz se volvió fría—. Al estúpido de mi hermano le dan miedo los pies.

—¡Morrigan! —La advertencia de Lilith llegó demasiado tarde.

—Míralo bien, Bel. —Levantó el pie más alto, mostrando su planta gris. Se veían todas las arrugas. Meneó los dedos deliberadamente despacio—. Ándale. Chúpame el dedo gordo. Lámelo hasta dejarlo brillante.

Se le cerró la garganta. No podía respirar.

—A ver si maduras de una vez. Y superas tu miedito patético a unos pies sucios.

La risa de sus amigas le llegó en oleadas.

Su pánico se transformó en rabia. Agarró la muñeca de Morrigan y la lanzó hacia atrás con fuerza. La cara de Morrigan golpeó la pared. Morrigan se desplomó, jadeando. Él volvió a arremeter, pero las manos de Lilith lo sujetaron.

—¡Bel! ¡Arriba, ahora mismo!

—¡Te odio! —sollozó Morrigan, tocándose la cara.

—¡Mejor! —Se soltó del agarre de su madre y le hizo la seña del dedo medio—. ¡Ojalá cierres los ojos esta noche y nunca los vuelvas a abrir, retrasada!

—¡Pues ojalá que no!

—¡Por favor! —Subió las escaleras furioso y azotó la puerta.

A medida que la adrenalina lo abandonaba, la satisfacción que sentía por haber hecho llorar a Morrigan comenzó a disiparse. Tembló. Todas las peleas de ese año habían terminado igual: más distancia, más silencio y más peso presionando sobre él.

En su cómoda había una foto vieja. Él y su madre, antes de que existiera Morrigan, antes de que las chicas comenzaran a confundirlo y antes de que lo retorciesen hasta convertirlo en alguien que no reconocía. Trazó el rostro de su yo más joven con el pulgar. Ese niño sonreía. Qué idiota…

Las risas de abajo comenzaron de nuevo, amortiguadas por las tablas del suelo. Cada risita le perforaba más profundamente hasta volverse insoportable.

Comenzó a sollozar.

«Si a nadie le voy a hacer falta, ¿por qué me harían falta ellos a mí?».

Tras limpiarse las lágrimas, abrió el cajón superior. Adentro, debajo de una sudadera doblada, la pistola le esperaba. La miró fijamente, respirando entrecortadamente. La idea del silencio absoluto llenó su mente por completo y le produjo una sensación de paz. Sólo un apretón del gatillo…

«De todas formas, a nadie le importo. Les hago un favor a todos… Pero yo… Si me voy, será con una sonrisa».

Mañana era Halloween. Y si la ciudad quería gritarle a la noche, esta vez lo haría por él.


Lejos de Nueva York, bajo la aurora, una ciudad de pan de jengibre y cristal azucarado resplandecía en la noche eterna. En su corazón se alzaba el imponente taller, su chimenea exhalando humo blanco hacia el cielo.

Dentro del estudio del maestro, los leños crepitaban. Detrás de un enorme escritorio tallado en pino se encontraba una silueta que ocupaba la mitad de la habitación. Incluso sentado, se imponía como una torre. Los elfos que estaban ante él apenas le llegaban a la rodilla.

—Belial Angel.

Su voz retumbó por la habitación. El nombre sangraba en carmesí sobre el pergamino ante él. Tocó la tinta con un dedo enorme.

—Un largo historial de crueldad. No son simples travesuras, sino maldad pura. —Levantó la mirada—. Y sin embargo, de todos los niños que piden rendición, me traen justo a éste.

Se giró. Su pesada mirada cayó sobre las cuatro elfas jóvenes. La compostura habitual de Pepper se resquebrajó. Marshmallow se retorcía las manos. Ginger dejó de mover el pie.

Sólo Cinnamon dio un paso al frente, su cola desenroscándose de su cintura.

—Señor, no es sólo mal comportamiento. Es una bomba de tiempo.

—¿Una bomba de tiempo? ¿Con qué fin?

—Violencia. El último reporte sugiere que quiere lastimar gente en la noche de Halloween. —Su cola se enroscó con fuerza—. Principalmente chicas.

—Hija mía. —Él se inclinó hacia delante—. Hay caminos demasiado oscuros para que un elfo los transite. Reparamos corazones rotos, no mentes corrompidas por el odio. Y este muchacho habla de acabar con vidas, quizás la suya propia. Ése no es nuestro territorio.

—¿Por qué no puede serlo? —La voz de Cinnamon no vaciló—. Tenemos que intentarlo. Una vez que alguien construye ese muro, ya no puedes traerlos de regreso. Simplemente se pierden. —Bajó la mirada—. He visto qué pasa.

Ginger se recargó contra el enorme escritorio.

—Y escuche esto: si enderezamos a este loco, nuestro escuadrón se va a disparar hasta arriba.

—Alto riesgo, alta recompensa —añadió Pepper, con tono llano.

—¡Necesita amor! —Marshmallow dio un paso adelante, con las manos juntas—. Amor del bueno. Esos elfos de reparaciones rápidas sólo asustan a los niños lo suficiente para que reciban sus regalos.

La cola de Cinnamon se movía de un lado a otro.

—Por favor, señor. Déjenos intentarlo.

—Todavía están a prueba. —Su dedo las señaló—. No olvidemos la última calamidad que nos trajeron. Y ahora piden romper la ley más sagrada: ningún niño humano cruza a nuestro reino. Lo traerían aquí, a un mundo que podría poner su alma en grave peligro.

—Con todo el debido respeto…

—El asunto está cerrado. —Se volvió hacia el fuego, terminando la discusión.

Las cuatro elfas salieron en fila y en silencio.

Su apartamento compartido era pequeño pero cálido. Cinnamon caminaba de un lado a otro, sacudiendo la cola con cada vuelta.

—¡No es justo! ¡Ni siquiera nos escuchó! —Pateó el suelo con su pie calzado con tenis—. ¡Ya había decidido antes de que abriéramos la boca!

—Sí que nos escuchó. —Pepper se sentó en una silla—. Simplemente no estuvo de acuerdo. Y lo expresó con palabras.

—Por favor, sólo tiene miedo de que dejemos mal a los otros elfos. —Ginger saltó sobre la encimera—. Este mocoso de Angel está rayado del cerebro. Si le metemos mano, va a ser un angelito de verdad, y nosotras nos haremos leyendas. ¡Todos ganan! Bueno, nosotras ganamos más, que es lo que importa.

—Pero si fallamos —murmuró Marshmallow—, nunca tendremos otra oportunidad. ¿No estamos caminando sobre hielo delgado ahora mismo?

Los ojos de Cinnamon se abrieron de par en par. Su ceño fruncido se transformó en una sonrisa astuta.

—Él dijo que el asunto estaba cerrado. No dijo que no se pudiera reabrir.

—¿Qué? —Ginger arqueó una ceja—. ¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

—¿Estás dentro?

—¡Obvio! —Ginger estiró las piernas—. Oigan, si vamos a arreglar a este niñato, más nos vale disfrutarlo. Estoy pensando en terapia de humillación. Que enfrente sus miedos de lleno.

—Te refieres a usar nuestros pies para atormentarlo —dijo Pepper.

—Bájale dos rayitas. Es para curarlo. —La sonrisa de Ginger se ensanchó—. Además, el escuincle le tiene fobia a los pies y odia a las chicas. Somos su cura y su enfermedad.

—La evidencia empírica sugiere que la exposición prolongada podría funcionar. —Pepper se llevó un dedo al labio—. Sería fascinante estudiar de cerca el comportamiento humano… Cuenten conmigo.

—¡Yo jamás podría decirle que no a esto! —Marshmallow extendió los brazos—. ¡Le vamos a dar todo el amor del mundo! ¡Le demostraremos a Santa que sí podemos!

—¡Pues es unánime! —Cinnamon saltó sobre la encimera, su cola enroscándose de emoción. Plantó las manos en sus caderas, irguiéndose—. ¡Lo convertiremos en un chico nuevo!

Se quitó los tenis de una patada.

Ginger hizo una arcada. La nariz de Pepper se arrugó. Incluso la sonrisa de Marshmallow flaqueó.

Los pies descalzos de Cinnamon se hundieron en la encimera con un chirrido húmedo. Se formaron tenues huellas donde sus plantas besaron la superficie. Sus dedos se flexionaron y, de alguna manera, el olor se intensificó, como si el movimiento liberara el tufo atrapado entre ellos.

—¡Cinnamon! —Ginger retrocedió a gatas, agitando una mano frente a su cara—. Ay, ¿pues qué demonios hiciste hoy?

—El estrés emocional aumenta la producción de olor —declaró Pepper, moviéndose hacia la ventana—. Pero esto excede el aumento habitual del diez por ciento.

—¡Hoy huele diez veces peor! —rió Marshmallow, retrocediendo también—. ¡Huele a queso viejo!

La cara de Cinnamon se puso roja.

—Qué exageradas… No huelen tan mal…

—¡Ya hasta lo estoy probando! —Ginger se tapó la nariz—. Ahí cocinamos, Cinnamon. Quítate de ahí.

—Bueno, esperemos que Belial Angel pueda manejar este supuesto hedor horrible mejor que ustedes. —Su cola agarró uno de los tenis y lo arrojó hacia la puerta—. Ahora, ¿cómo pasamos a un humano por el Voie sin que nos pillen?

Señaló una galleta a medio comer en el borde de la encimera. Con un chasquido de sus dedos, la galleta se encogió, volviéndose no más grande que una moneda.

—Mis trucos para cambiar de tamaño siguen perfectos. ¿Creen que noten a un humano diminuto escondido dentro de uno de nuestros zapatos?


La clase de ciencias de sexto grado de la señora Holland había dejado de fingir que le importaban las hojas de trabajo. Al ser el último periodo antes de Halloween, incluso la profesora se había desconectado, sentada en su escritorio y desplazándose por su computadora mientras treinta niños zumbaban con energía a su alrededor.

Murciélagos de papel aleteaban bajo el aire acondicionado. Alguien ya se había robado los dulces de la calabaza de plástico en su escritorio.

Bel estaba sentado en la última fila, con el lápiz moviéndose lentamente sobre el papel. Estaba dibujando algo sencillo: él mismo, acurrucado y mirando el océano infinito. Una pistola brillante estaba fija en su boca.

Su mente permanecía fija en lo real que le esperaba en casa.

«Tal vez no tiene que pasar», pensó. «Tal vez si sólo una persona…»

Volvió a desviar la mirada hacia Lisa.

Ella estaba sentada tres filas delante con Nora y Chase, riéndose de algo que miraba en el teléfono de este último. Su largo cabello de ébano siempre estaba despeinado.

Sin embargo, él la había notado todo el semestre. La forma en que le sonreía a todo el mundo, incluso a los niños raros. La forma en que le había prestado un lápiz una vez sin quejarse. Era amable. Amabilísima.

«Si tan sólo puedo hablar con ella como una persona normal, si me sonríe como le sonríe a Chase, entonces tal vez no tenga que hacer esto».

Le sudaban las manos.

«Sólo di hola. Si es tu último día de todos modos, ¿qué diferencia hace si fallas?».

Agarró su carpeta y caminó hacia su mesa. Tenía las piernas rígidas y los brazos colgando sin saber dónde ponerlos.

—Hola. —Su voz se quebró en la única sílaba.

Lisa levantó la vista primero. Luego Nora. Luego Chase.

—¿Qué tal, Bel? —Nora esbozó una sonrisa inmediata—. ¿Por fin te dignas a bajar al mundo de los vivos?

La amabilidad lo golpeó como una granada cegadora. Las chicas que no se llamaban Lisa no le sonreían. O lo ignoraban, o se reían de él.

«Se está burlando de ti. Todos se están burlando de ti».

—Yo… Este… —Su cerebro dejó de funcionar. ¿Qué se suponía que debía decir? ¿De qué hablaba la gente normal?

La sonrisa de Lisa fue gentil.

—¿Vas a hacer algo para Halloween?

Ella lo miró a los ojos. Inmediatamente la carpeta se le resbaló de las manos.

Todo se derramó y se esparció por el suelo.

—Yo te ayudo. —Lisa se agachó. Su chancla atrapó uno de sus dibujos.

Bel clavó la mirada en su pie. Todo lo demás se volvió borroso.

El dedo gordo se retorcía de forma grotesca, y el esmalte de la uña estaba astillado y de color morado. Distinguió la aspereza de su piel: una textura rugosa y callosa, iluminada por el brillo del sudor.

Su pecho se apretó. No podía respirar.

«Me va a tocar. Va a tocar mi papel, luego tendré que tocar el papel y…».

—Ten. —Ella levantó el papel con los dedos de los pies.

La forma en que sus dedos agarraron y dejaron tenues huellas en su dibujo le provocó un escalofrío de terror. Su pie era monstruoso. Esos cinco gusanos estaban vivos, retorciéndose independientemente y contaminando su dibujo. Su cuerpo tembló violentamente.

—Oye. ¿Estás bien? —La sonrisa de Lisa se desvaneció. Sus ojos se abrieron de par en par mientras sostenía el dibujo—. Bel…

—Sí, estoy bien. —Arrebató el dibujo, lo arrugó y lo metió en el bolsillo. Se echó para atrás a gatas y agarró papeles frenéticamente. Uno se partió por la mitad y no le importó. Sólo necesitaba escapar.

—Oye —se rió Chase—. ¿En serio te dan miedo los pies?

El aula se quedó en silencio. Bel sabía que todos estaban escuchando ahora.

—¿Le hizo cortocircuito el cerebro con el pie? —rió Nora, confundida.

—Bel, en serio, ¿estás bien? —Lisa parecía preocupada. Meneó sus dedos grasientos—. Podemos hablar después de clase si quieres.

La respiración de Bel se entrecortó. Lo que para Lisa era un gesto inocente, para Bel era como tener mil insectos arrastrándose bajo su piel.

—¡Oye, es Halloween! —gritó alguien—. ¡Haz que los huela!

Se produjo un mar de risas.

—¡Que los huela! ¡Que los huela! —corearon los niños.

—Chicos, ya basta —dijo Lisa, todavía moviendo los dedos. Se le escapó una risita—. Me sudan los pies. Déjenlo en paz.

Pero Bel ya no veía a Lisa. Veía pies y risas burlonas. Arrebató la botella de refresco de Lisa y la agitó violentamente. Una parte distante de su cerebro le suplicaba que se detuviera, pero sus manos no le obedecían. Giró la tapa.

El líquido negro le roció directamente la cara a ella. Empapó su camisa, y su celular se apagó cuando el refresco se derramó sobre la pantalla.,

El salón se quedó en silencio.

Lisa se quedó paralizada, con el refresco goteando de su cabello. Se le temblaban los labios.

—¿Qué te pasa? —Chase estaba de pie—. Estás loco, ¿o qué?

La señora Holland finalmente levantó la vista de su computadora.

—¡Bel! A la dirección…

Sonó la campana, y Bel se fue.

Se abrió paso a empujones entre los niños que salían de las aulas. Alguien gritó su nombre: Lisa. No se detuvo ni miró hacia atrás, simplemente corrió hasta que la escuela quedó muy lejos. No podía escuchar nada más que su propia respiración jadeante mientras esprintaba.

«¡Idiota! ¡Te estaba tratando bien! ¡Quería ayudarte! ¿Y qué hiciste?».

Sacudió la cabeza, gruñendo.

«¡No! ¡Se estaba burlando! ¡Todos se burlaban! Nadie es tu amigo, y nadie lo será jamás. Tu única amiga será el cañón de tu pistola, Bel. Menos mal que tu disfraz de pistolero no es sólo de adorno».

—Feliz Halloween —murmuró con voz quebrada.

Irrumpió en su apartamento. Pero tuvo que detenerse.

El caos familiar de la casa había desaparecido. El desorden que normalmente quedaría después del cumpleaños de Morrigan había sido limpiado, excepto por las decoraciones de Halloween. Sin embargo, había un silencio pesado.

«Tal vez mamá sólo regresó para limpiar y distraerse de lo que pasó anoche», razonó.

Pero cuando llegó a su habitación, la encontró saqueada. El armario estaba abierto y la ropa esparcida por todas partes. Los dulces que había escondido bajo la almohada habían desaparecido. Abrió de un tirón los cajones de la cómoda: estaban casi vacíos. Más importante aún, faltaba la pistola.

«¿Quién estuvo aquí? ¿Y cómo sabían buscar específicamente en mi cuarto?».

Dobló la esquina que conducía de regreso a la sala y se congeló.

Había cuatro chicas paradas en el centro de la habitación. Estaban en una formación de diamante, sus cuerpos tan quietos que parecían haber sido maniquíes. Pasó un segundo. Luego dos. Luego tres.

Primero se movieron sus ojos, haciendo clic en sus cuencas para fijarse en él. Después, sus cabezas giraron al unísono, mostrando cuatro sonrisas idénticas.

—Belial Angel —dijo la de enfrente. Su aliento flotó por la habitación con un aroma a canela quemada—. Te estábamos esperando.

Las piernas de Bel no se movían. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido.

Una de las chicas que estaban a su lado desapareció de repente. Antes de que Bel pudiera girarse, una mano se cerró alrededor de su muñeca. Vio mechones de cabello rojo colgando desde la derecha.

—Tu mami y tu hermanita están bien —susurró la pelirroja en su oído—. Pero estarán más seguras si te tomas unas vacaciones, niño.

—¡Aléjense de mí, monstruos! —gritó. Cuando la líder se acercó, juntó toda la saliva que pudo y le escupió en la mejilla.

Su sonrisa no flaqueó. Simplemente se enfocó más profundamente en Bel y chasqueó los dedos.

Bel sintió un vacío en el estómago, como si se rompiera el cable de un ascensor. El techo se disparó hacia arriba, las paredes se expandieron, y las fibras de la alfombra le llegaron a las piernas.

Miró hacia arriba y chilló mientras las chicas se hinchaban hasta convertirse en titanes, sus cabezas perforando la atmósfera. Una mano del tamaño de un vehículo descendió. Retrocedió a gatas, tropezando con un hilo de la alfombra, y los dedos se cerraron a su alrededor.

—¡No, no, no! —Lo alzaron en el aire, suspendido sobre un agujero oscuro: la boca de una bota.

Los dedos se abrieron.

Cayó en picada, dando tumbos hacia la oscuridad. Las paredes de cuero pasaron zumbando a su lado hasta que golpeó la plantilla esponjosa y húmeda.

El olor le quemó inmediatamente la garganta. Hizo una arcada, luchando por encontrar apoyo, pero las paredes eran resbaladizas y demasiado altas.

Entonces la tenue luz comenzó a ser eclipsada. Su corazón se detuvo.

Un pie estaba descendiendo. Cubierto por un calcetín blanco y sucio, ese cielo que caía llenó su visión. Podía ver los bucles individuales del hilo y las manchas más oscuras donde el sudor se había empapado.

—¡No, por favor! —suplicó, aplastándose contra el tacón de la bota.

Pero el pie continuó. El calcetín finalmente tocó su cara, presionándolo contra la suela. Su mundo se oscureció por completo.

Por segunda vez ese día, Bel no podía respirar.


El tiempo perdió todo sentido en la oscuridad. Podrían haber pasado minutos u horas. Bel yacía inmovilizado, sus extremidades abiertas torpemente bajo el peso aplastante del talón de la giganta. Cada ligero cambio de peso hacía que la tela rechinara contra su piel y le forzaba a respirar el aire viciado.

Justo cuando sentía que su cordura se tambaleaba al borde, la presión se levantó de repente.

El pie ascendió, llevándose el calor consigo. Una luz cegadora inundó el lugar. La bota se invirtió, y él cayó rodando hasta aterrizar sobre una alfombra.

—De gracias de que fui yo quien te metió en la bota —resonó una voz retumbante—. A diferencia de nuestra líder, yo sí uso calcetines.

Jadeó, tratando de purgar el sabor del calcetín de su boca. Cuando miró hacia arriba, una ola de desesperación lo invadió.

La habitación era enorme, construida para seres capaces de aplastar camiones sin esfuerzo bajo sus pies. Todo resplandecía, desde las paredes relucientes hasta los lejanos tablones de madera del suelo.

Entonces lo vio. Un pie. No cualquier pie. Un pie descalzo, a escasos metros de distancia.

Se extendía como una camioneta alargada y era tan ancho como dos metros. La visión de los dedos flexionándose le produjo un escalofrío. Instintivamente retrocedió a gatas.

—¿Dónde estoy? —gritó.

—¡Bienvenido al Polo Norte, viajero! —vitoreó Marshmallow. Su brinco entusiasta hizo que Bel se cayera.

Él la miró hacia arriba. Su cabello rubio estaba peinado en dos coletas juguetonas, y los botones de su suéter amenazaban con estallar por la tensión. Llevaba una sonrisa tan amplia que parecía capaz de partirle la cara por la mitad.

—Ay, no lo puedo creer —chilló bajita—. ¡Trajimos un humano de verdad! ¡Es una cosita adorable!

—Adorable pero un desastre. —Ginger ajustó su moño rojo—. Te ganaste un lugar en la lista de los malos, niño.

—¡El Sugar Squad! —terminó Cinnamon, dejándose caer boca abajo con la barbilla apoyada en las manos—. Y tú, Belial Angel, eres nuestra nueva misión de rescate.

A Bel le palpitaba la cabeza mientras sus ojos se movían de un lado a otro, buscando un medio de escape. Lo único que encontró fueron los pies de Ginger acercándose.

Cada dedo era lo suficientemente grueso como para aplastarlo. Brillantes gotas de humedad se aferraban a su piel, reflejando la luz. Imaginó la presión resbaladiza de los dedos cerrándose sobre él, el calor almizclado llenando sus pulmones.

Su estómago se contrajo dolorosamente.

Ginger sonrió con suficiencia. Sus chanclas golpeaban el suelo a cada paso. Luego giró el pie, dejando al descubierto las plantas cubiertas por delicados pliegues. Con una gracia deliberada, le mostró la superficie reluciente de su sandalia. Él gimió al verla, notando los bordes oscurecidos donde descansaba su pie, manchados con sudor y mugre acumulados.

—Así que el expediente no miente —se rió Ginger entre dientes.

—¡Aléjate de mí! —Retrocedió a gatas.

Marshmallow se agachó y posó su pie gigante frente a su camino.

—Oye, no tengas miedo. Estamos aquí para ayudarte. —Su voz era suave, pero sólo lo motivó a correr más rápido.

—Te acostumbrarás. —Pepper se cruzó de brazos.

—¡Ni madres! ¿Me secuestran, hacen cosplay con orejas de elfo y ahora quieren lavarme el cerebro?

—¿Cosplay? —preguntó Marshmallow. Cinnamon y Pepper se encogieron de hombros; Cinnamon sacó un pequeño libro y pasó rápidamente las páginas.

—Este libro no tiene respuestas —gimió.

—Oye, escuincle, ¿esto te parece cosplay? —preguntó Ginger mientras una llama brotaba de su dedo índice. Iba y venía como magia. Luego dirigió su dedo hacia abajo. Para el terror absoluto de Bel, diez dedos de los pies estallaron en llamas. No se estaban consumiendo por el fuego, sino que éste hacía que brillasen más y sudaran profusamente.

Bel parpadeó lentamente. «Esto no es real. No puede ser real…».

Pero por mucho que cerrara los ojos, no estaba de vuelta en su cama.

—Es muy real —dijo Ginger—. ¿Encogerte? Real. ¿El Polo Norte? Real. ¿Esta magia? —Extinguió las llamas con un aplauso—. Somos elfas, tonto. Todo es tan real como tu pistolita en casa.

—¿Así que de verdad son elfas? —gritó—. ¿Y me secuestraron?

—Sí. —Cinnamon se alejó de él—. Ella no es la única con magia tampoco.

Con un chasquido de los dedos de Cinnamon, Bel sintió como si lo estuvieran estirando de la cabeza a los pies. De repente apareció un destello de luz, y regresó a su tamaño normal. Sin embargo, su ropa brillaba, la luz aferrándose a la tela antes de asentarse. Mirando hacia abajo, vio que su sudadera azul y sus jeans habían sido reemplazados por un uniforme de elfo de color rojo predominante, con una falda granate que se agitaba alrededor de sus rodillas.

—¿Qué carajos? —Se jaló la falda, inflando las mejillas.

—Es tu uniforme —dijo Cinnamon—. El que yo usaba cuando era más chica.

—¡Quítenme esto! ¡No soy un elfo, y no me voy a poner esta mierda de…!

—¡Uy, qué miedo! Una faldita —dijo Ginger con sarcasmo, pateando sus chanclas hacia la puerta—. Mira qué valiente, peleando contra ropa unisex.

El sonido de una alerta resonó por la habitación, interrumpiéndolo.

—Patrulla —jadeó Cinnamon, quitándose la sudadera—. Tenemos que movernos. Vienes con nosotras, Belial.

—¡Ni de broma voy con ustedes, pinches psicópatas! —Se cruzó de brazos.

La cola de Cinnamon dio un latigazo. Señaló a Pepper.

—Puedes venir conmigo, o vuelves a su bota el resto de la noche. ¿Te apetece pasar cinco horas aplastado bajo su talón, respirando pura pelusa de calcetín sudada?

Esa imagen le revolvió el estómago.

—No te atreverías…

—No nos queda mucho tiempo —dijo Pepper—. Vamos.

Él hizo un puchero.

—Bien. Pero después de esto, me llevan a casa.

—Claro que sí, niño. —Ginger soltó una risita—. Sólo tienes que decirle a tu mami que has ganado un viaje con todo pagado al Polo Norte. Una promoción especial de Halloween.

—¿Halloween?

—¿Te sorprendes? —Cinnamon extendió la mano—. No nos retrases.

Él las miró fijamente. Cuatro chicas que lo habían secuestrado, encogido y atrapado en una bota, y ahora lo arrastraban a quién sabía dónde.

Esta noche sería muy, muy larga.
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