Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir. |
| Un siseo suave y el olor a algo quemado arrancaron a Bel de las profundidades del sueño. Por un segundo glorioso, no recordó dónde estaba. Luego la realidad cayó sobre él como el pie de un titán. Seguía embutido dentro de la pantufla de Cinnamon. Pero ya no era el encierro más o menos tolerable de cuando se quedó dormido. El pie de Cinnamon lo aplastaba con suficiente fuerza como para convertirlo en una tortilla humana. Y para colmo, ya no sólo estaba atrapado bajo su planta. Estaba encajado entre sus dedos. Estaba atascado justo en la hendidura entre el dedo gordo y el de junto. El cabello se le pegaba a la cara y al cuello, baboso y resbaladizo por los restos de la crema de la noche anterior, haciendo que todo fuera agobiante. «¡Es como vivir pegado a un monstruo de baba a la fuerza!». A través de esa barrera amortiguada, le llegaban el tintineo de platos y un siseo agudo desde afuera. Estaba cocinando. En serio, estaba de pie preparando el desayuno mientras él seguía atrapado entre sus dedos como un pelusón olvidado. Era tan absurdo todo que ni siquiera reunió fuerzas para gritar. Cada paso era un terremoto. Juraba que sentía las costillas vibrar cada vez que ella pegaba uno de sus saltitos. Después de lo que pareció una eternidad siendo sacudido, exprimido y marinado en sudor de dedos y crema, el movimiento por fin se detuvo. —Despierta, Belial. —Su voz retumbó desde arriba, amortiguada pero perfectamente audible—. El desayuno ya está. «Como si no llevara despierto quién sabe cuánto rato». Su mundo se inclinó cuando ella levantó el pie. Meneó los dedos, y ese simple movimiento lo mandó deslizándose por su resbaladiza planta hasta caer de golpe en el talón de la pantufla. La luz inundó todo cuando sacó el pie por completo. ¡CHAS! El estiramiento se apoderó de él hasta que volvió a su tamaño normal, jadeando por aire. —Hoy tenemos día libre —anunció Cinnamon, apenas mirándolo mientras ponía un plato en la mesa—. Dormiste una hora de más. ¿A que soy muy generosa? «Entre sus dedos… ¡Me desperté entre sus malditos dedos!». Ella finalmente miró hacia atrás. —Lávate antes de comer. Quería golpear algo. En cambio, se arrastró hacia el baño, con un escalofrío recorriéndole la espalda. El mostrador del baño estaba atiborrado de productos de chicas. Había cremas en frascos, ligas para el cabello regadas por todos lados y un cepillo con mechones rubios todavía enredados en las cerdas. De Marshmallow, obvio. Pero no había cepillo de dientes. Revisó el mostrador dos veces. Nada. Su boca sabía como si hubiera lamido la planta del pie de Cinnamon. Considerando dónde había pasado la noche, no andaba muy lejos de la verdad. Y cuanto más rato se quedaba ese sabor salado en la lengua, más cerca estaba de vomitar. Salió del baño hacia la habitación principal y se dirigió a la cocina, donde las chicas ya estaban sentadas. —¿Dónde está mi cepillo de dientes? —preguntó, quitándose las lagañas de los ojos. Cuatro pares de ojos parpadearon hacia él al mismo tiempo. —Mi cepillo —aclaró, imitando el movimiento con la mano—. ¿Lo que uso para que mis dientes no se pudran? ¿Les dice algo eso? —¡Ah! —El rostro de Marshmallow se iluminó—. Es que sólo nos cepillamos una vez al mes, Bel. De hecho, hacerlo muy seguido nos lastima los dientes. —Hacer gárgaras con enjuague de menta es suficiente para la neutralización bacteriana diaria —añadió Pepper. —¿O sea que quieren que no me cepille los dientes? ¿Dos meses así? —Tranquilízate. —Cinnamon lo tomó del hombro y lo llevó de regreso al baño. Abrió un cajón y sacó un cepillo de dientes naranja—. Usa el mío. —¡Puaj! —No me digas «puaj» —gruñó ella, empujándoselo en la mano—. Tenemos cerdas autodesinfectantes. Más limpio que cualquier cosa con la que los dentistas humanos hayan soñado, te lo juro. Bel se quedó mirando el cepillo, gimiendo por lo bajo. Se veía bastante normal, pero las cerdas brillaban. Y si le sumaba el hecho de que la saliva de Cinnamon había estado en él… —Úsalo y ya —suspiró ella. Después de una de las experiencias de cepillado más raras de su vida —las cerdas zumbaban al tocar sus dientes—, Bel se dio una ducha rápida. Se puso su ropa de siempre: los jeans y el suéter. Pero aunque pensaba reutilizar los calcetines con los que había llegado al Polo Norte, no aparecían por ningún lado. Entreabrió la puerta del baño. —¿Dónde están mis calcetines? ¿Los que traía cuando llegué? —¡En el cesto de la ropa sucia! —respondió Cinnamon, muy animada—. Ya estaban apestando horrible, Belial. —Me los pongo sucios. Es mejor que andar sin nada. —¡Ya es muy tarde! —canturreó Ginger—. Ya están en la pila. Los agarras cuando estén lavados. «Mierda…». Le carcomía las entrañas, pero no tenía de otra más que acostumbrarse a andar descalzo por ahí. Cuando llegó a la cocina, lo sentaron en un cojín en el suelo. Era un poco mejor que lo de ayer, pero igual de humillante. Le pusieron un tazón de cereal ridículamente azucarado en el regazo. En cuanto se sentó con las piernas cruzadas, metió los pies debajo de él. —¿Ya te vas adaptando a andar descalzo? —preguntó Ginger desde arriba. —Cállate. —Sólo estoy observando. Tienes unos piecitos muy lindos, bicho. Bel intentó hacer desaparecer los pies dentro de los jeans. No funcionó. Cautivo como estaba, no le quedó más que fingir que Ginger no existía mientras comía su desayuno. La conversación de las chicas por encima de él le entró por un oído y le salió por el otro. —Si vamos a aceptar más misiones de alto riesgo, tenemos que estar seguras de que podemos sacarlas adelante —dijo Cinnamon—. Mientras sigamos siendo tan inconsistentes, seguiremos siendo el hazmerreír de todos. —Técnicamente salvamos a Mistletown de Seph —dijo Marshmallow—. No era de alto riesgo, pero aun así… —La salvamos después de dejarle destruir la mitad de la ciudad —notó Pepper. Bel dejó que su mirada vagara por el departamento. Entonces notó el viejo televisor cuadrado en la sala. Por fin estaba encendido, parpadeando con ese familiar resplandor verdoso de tubo de rayos catódicos. Y en la pantalla, en toda su asquerosa gloria, estaba la princesa Vanilla. Hizo una mueca de asco. Era esa película animada larguísima sobre una princesa coneja con pies enormes y «afortunados» con la que Morrigan había estado obsesionada durante todo un año. Se la había tenido que aguantar al menos diez veces, soportando sus chillidos cada vez que la princesa hacía su estúpido «baile del pie de la suerte». —¿Cómo es que tienen esa película aquí? —No le importó que interrumpiera la conversación de las chicas. —Estamos llenas de sorpresas, ¿a poco no? —dijo Ginger, sonriéndole desde arriba. —Ginger tiene gustos muy particulares —explicó Cinnamon—. Y el hábito de acaparar recuerdos de sus múltiples vacaciones. —Yo le digo programa de intercambio cultural —se rió Ginger—. Yo los bendigo con mi misteriosa presencia élfica, y ellos me bendicen con sus comidas, sus películas y sus hits de pop-punk. —Se metió otro wafle en la boca. —A mí me encanta esa película —dijo Marshmallow—. No sé cómo hacen que los dibujos se muevan así de mágico, pero es precioso. —Dímelo cuando la hayas visto diez veces —murmuró Bel. —Once, y todavía se me iluminan los ojos cuando lo miro —le respondió ella con una risita. —Ya tenemos una nueva herramienta de castigo —se rió Cinnamon entre dientes, levantándose—. Órale. Veinte minutos de limpieza, y luego nos vamos a la Galería. —¿Qué es eso? —preguntó Bel. —Es un lugar centralizado de bienes y servicios —explicó Pepper. —¿O sea, un centro comercial? —Exactamente lo que dije, Belial. Un centro comercial normal. El pecho de Bel casi estalló de alivio. Pero se contuvo antes de que la sonrisa llegara a su cara, forzando su expresión de vuelta a la indiferencia más absoluta. —Uy, qué emoción. Un centro comercial. Claro que primero había que hacer el aseo. Ginger zumbaba por la cocina como si le hubieran metido cafeína directo en las venas. En lugar de meter los platos al lavavajillas como cualquier persona normal, llenó el fregadero con agua y sumergió los dedos en él. El agua empezó a hervir de inmediato. —¿Ves? A esto le llamamos eficiencia —anunció, aventando una pila de platos al agua caliente. Uno se partió por el cambio brusco de temperatura—. Ups. Estas cosas pasan, chamaco. Mientras tanto, Pepper se encargaba de la sala. Sin más, caminó al centro de la habitación y pisó fuerte el suelo tres veces. Cada pelusa de polvo saltó de golpe al aire. Se arremolinaron hasta formar una esfera gris que flotó hacia la palma extendida de Pepper. La ahuecó en la mano, la examinó un momento y caminó a tirarla a la basura. Cerca de la ventana, Marshmallow tarareaba bajito para sí misma mientras rociaba una colección de plantas relucientes. Bel estaba parado torpemente en medio del caos. No paraba de cambiar el peso de un pie al otro, muy consciente de lo expuestos que estaban. —Supongo que no me necesitan para nada —murmuró. —¡Error! —La voz de Cinnamon lo hizo brincar. Sus manos aterrizaron en sus hombros—. Tú me vas a ayudar con algo facilito, Belial. Todas las alarmas de su cerebro se dispararon. Señaló hacia el pasillo, donde había un cesto enorme en la esquina junto a la puerta del baño. Desbordaba de camisas, pantalones, toallas y calcetines. Tantos calcetines. A rayas, peludos; todos con la pinta de haber sido usados para trapear agua sucia. Y justo encima de todo estaban sus calcetines, igual de asquerosos que el resto. —Antes de lavar la ropa —explicó Cinnamon—, hay que organizar los calcetines. Junta cada par y enróllalos en una bolita. Sencillo. —Eso es como pedirme que haga malabares con granadas. Olvídalo. —Está bien. —Se encogió de hombros—. Supongo que prefieres quedarte encerrado en una jaula todo el día mientras nosotras estamos afuera. Apretó los puños. Tenía dos opciones: aguantar el calabozo de los calcetines sucios o aguantar el calabozo literal mientras ellas salían a divertirse. Con un suspiro dramático, fue arrastrando los pies hasta el cesto de la perdición. Cinnamon ya estaba en faena, tarareando para sí misma mientras sacaba pares de calcetines. Su cola se balanceaba de un lado al otro con cada movimiento. Bel nunca se había fijado en ella de verdad. Era larga, peluda y negra como su cabello, como la cola de un mono. «Se ve tan suavecita…». Sin pensarlo, extendió la mano y jaló de ella. Cinnamon soltó un grito ensordecedor. Se dejó caer a cuatro patas, las orejas dobladas hacia adentro. Cada pelo de su cola se erizó de golpe. Quedó congelada en esa posición durante tres segundos, respirando agitada. Luego, muy despacio, giró la cabeza. —¿Acabas de jalarme la cola? —jadeó. —Yo estaba… —El cerebro de Bel por fin procesó lo que acababa de hacer—. Es que tenía curiosidad. —¿Curiosidad? —Su cola azotó de un lado a otro. Se obligó a ponerse de pie. Luego agarró a Bel por la oreja—. Como vuelvas a tocar mi cola sin permiso, te voy a hacer tan chiquito que vas a ser un insecto durmiendo entre mis dedos. ¿Quedó claro? —Sí —tartamudeó él. —Bien. —Lo soltó y se puso a acomodarse la cola como pudo—. Calcetines. Organízalos. Para cuando el cesto quedó organizado, Bel sentía que necesitaba desinfectarse las manos. Y tal vez toda su existencia. Cada calcetín costroso le revolvía el estómago. —Tampoco fue para tanto —suspiró Cinnamon—. Anda, ve a sentarte y espera. Nos vamos en cinco. Las chicas se cambiaron a su ropa casual mientras Bel esperaba en la sala, agradecido de que no lo hubieran obligado a ponerse de nuevo ese ridículo uniforme de elfo. Aunque lo desesperaba no tener calcetines, al menos no andaba con una falda patética. Cinnamon salió primero, habiendo cambiado sus pantuflas por unos tenis azules desgastados que claramente habían visto días mejores. Pepper salió después, atándose las botas con toda precisión. Las puso a prueba pisando fuerte una vez; luego asintió satisfecha. Marshmallow apareció con sus acostumbrados zapatos planos y suaves. Dio una vueltecita. Luego vino Ginger. Una oleada de pavor invadió a Bel. Llevaba chanclas. Chanclas delgadas con una correa insultante metida entre los dedos. Eran de un rojo brillante que combinaba con su esmalte, y parecían a punto de resbalársele con cada paso. —¿En serio nunca te da frío? —soltó él de golpe. —Hace suficiente calor —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Ustedes los humanos son tan frágiles, siempre quejándose de la temperatura. La caminata al centro comercial fue una tortura. Con cada paso que daba, sus chanclas hacían ese inconfundible clap-clap-clap. Le resonaba en el cráneo a Bel. Intentó desconectarse y concentrarse en cualquier otra cosa a su alrededor, pero entonces notó el polvo. Polvo de la calle, tierra y otras sustancias desconocidas se iban acumulando en sus plantas. Para cuando habían caminado tres cuadras, sus pies se veían como si hubiera estado corriendo descalza por un potrero. Se le retorció el estómago sin poder evitarlo. —Parece que te está dando un infarto —dijo Ginger, deteniéndose en seco de repente. Se dio la vuelta para mirarlo, con una chancla colgando de los dedos—. ¿Cuál es tu problema? ¿En serio? Son nomás unos pies. La cara de Bel palideció. Intentó apartar la mirada, pero la imagen ya estaba grabada en su retina. —Yo también me lo he preguntado —dijo Cinnamon—. ¿De dónde viene exactamente este odio a los pies? —No estoy escuchando —murmuró Bel, caminando más rápido. —Ahora sí necesito saber —se rió Ginger—. Ándale. Suéltalo. —Déjalo en paz —dijo Marshmallow suavemente. Bel simplemente mantuvo la vista fija en el camino de enfrente y rezó para que el centro apareciera pronto y lo sacara de su miseria. Por fin apareció a la vista. Se detuvo en seco, con los ojos como platos. La Snowflake Galleria (la Galería Copo de Nieve) era enorme, fácilmente cinco veces más grande que cualquier centro comercial que hubiera visto en casa. Pero no fue el puro tamaño lo que lo detuvo en seco. Era su rareza. Toda la estructura parecía estar hecha de hielo cristalizado y vidrio, aunque no de una manera que tuviera ningún sentido. Las paredes se curvaban en formas que desafiaban la gravedad. Partes del edificio flotaban sobre otras, conectadas por puentes que parecían cascadas congeladas fluyendo al revés. Todo el lugar relucía, refractando la luz del sol en un millón de arcoíris. —Entonces, Belial, ¡bienvenido a la Snowflake Galleria! —Cinnamon abrió los brazos de par en par como si fuera la dueña del lugar—. El centro comercial más grande de todo el distrito. Aquí encuentras de todo. —Es grande —dijo él. —¿Grande? —Cinnamon lo jaló hacia ella—. Muestra un poco más de emoción. Sabes perfectamente que nunca has visto algo así en casa. Acaban de agregar un ala el mes pasado con toda una sección de dulces humanos importados. Y tienen unas bufandas en oferta que cambian de color según tu estado de ánimo. He estado queriendo conseguir unas, pero con el recorte de sueldo que nos metieron, parece que… —Lo vas a dormir con tanto rollo —interrumpió Ginger. —¡No estoy parloteando! —Cinnamon hizo un puchero—. Sólo estoy emocionada. Tiene mucho que no teníamos un día de compras decente. Ella jaló a Bel de la mano. Conforme se acercaban a la entrada, las enormes puertas se abrieron solas; dos descomunales muñecos de nieve flanqueaban la entrada, extendiendo sus brazos de palo para abrirlas físicamente. —¿Esas cosas están vivas? —preguntó Bel, sin saber muy bien si quería que le respondieran. —Que hagas tantas preguntas dice mucho de lo observador que eres —se rió Pepper levemente. El atrio principal era enorme, con múltiples niveles subiendo en espiral como una hélice. En lugar de escaleras mecánicas o elevadores, había bandas transportadoras relucientes que llevaban a los elfos de una tienda a otra en filas organizadas. Algunas avanzaban en línea recta; otras se curvaban en ángulos imposibles. Orbes de luz flotaban a la deriva por el aire como luciérnagas. El techo, una aurora arremolinada de colores, no dejaba de cambiar y fluir. Luego estaban las tiendas. Algunas parecían casi normales, con escaparates de ropa y maniquíes en las ventanas. Pero otras eran completamente ajenas a cualquier lógica. Las ventanas de una mostraban escenas distintas dependiendo del ángulo desde el que las miraras. —¿Impresionado? —preguntó Ginger, claramente disfrutando la reacción atónita de Bel—. Sí, no somos muy de los edificios rectangulares y aburridos por los que Nueva York es famosa. Pisaron una de las relucientes bandas transportadoras, y Bel sintió que el estómago se le iba cuando empezó a moverse. Los llevó suavemente hasta el segundo nivel. —Lo primero es lo primero. —Cinnamon los guió fuera de la banda y hacia una tienda con un letrero en forma de bota gigante. Pero se detuvo de golpe, la atención arrebatada por algo al otro lado del pasillo. Un pequeño quiosco vendía justo esas bufandas que cambian de color que había mencionado antes. Se le iluminaron los ojos. —¡Ay! Oigan, ¿podemos…? —El año que viene —dijo Pepper, volviéndole la cabeza hacia la tienda de un jalón—. No olvides lo que necesita el niño, ni tampoco tu sueldo recortado. —Cierto, cierto. Botas primero, bufandas después. Bel ladeó la cabeza. Era raro ver a Cinnamon actuar tan normal. Casi como una niña cualquiera, de hecho. Usualmente era tan controladora y seria. Pero aquí, rodeada de todas esas cosas preciosas que no podía costear, parecía una chica más emocionada por ir de compras. De repente Ginger se agachó, le agarró el tobillo a Bel y le arrancó el zapato de un jalón. —¡Oye! —exclamó él, saltando en una pierna—. ¡Devuélveme eso! —Mmm. —Ginger entrecerró los ojos, inspeccionando la lengüeta del zapato—. Talla H. Bastante básico para un niño humano. La verdad, esperaba algo más monstruoso. —Le lanzó el zapato de vuelta. —¿Qué te pasa? —Nomás calculaba tu talla a ojo. —Le hizo la señal de la paz mientras se alejaba—. Como sea, hay tobilleras y anillos llamando mi nombre, y no me pienso ir con las manos vacías. Trata de no extrañarme demasiado, insecto. Clap-clap-clap hacían sus chanclas mientras desaparecía entre la multitud. —Enferma —gimió él, metiendo el pie de vuelta en su zapato—. ¿Por qué necesito zapatos nuevos? —Vas a necesitar botas adecuadas aquí —explicó Cinnamon, retomando su modo de líder—. La nieve del Polo Norte no es como la nieve a la que estás acostumbrado. —Tiene mayor saturación mágica y temperaturas más bajas —aclaró Pepper—. Nosotras podemos aguantarla con cualquier calzado que elijamos. Con los humanos no estamos tan seguras. —Pero tengo botas en casa. Como tres pares bien gruesos. ¿Me están diciendo que cuando me secuestraron y saquearon mi clóset, se les olvidaron todas de pura casualidad? —Teníamos prisa —murmuró Cinnamon—. Disculpa si andar rompiendo la ley no nos dejó tiempo para empacar mejor. Antes de que Bel pudiera seguir discutiendo, Marshmallow le tomó la mano con suavidad. —No te preocupes. Ginger ya no está para quedarse mirándote los pies. —Nosotras sí —declaró Pepper con una sonrisita de suficiencia. —¡Ugh! Soy suficientemente grande para comprar botas solo. Denme veinte dólares y ya. —Dejarte solo es un desastre esperando pasar —dijo Cinnamon. —Tal vez me guste el caos. —Te va a gustar menos cuando cenes directo de mis tenis esta noche. Muévete. Anda. La tienda olía a cuero y menta mezclados. Cientos de filas de calzado tapizaban las paredes: botas largas y retorcidas; pantuflas gruesas que supuestamente «te masajeaban los pies a cada paso»; incluso sandalias relucientes que colgaban del techo como adornos navideños. Bel echó un vistazo a la fila de sandalias cerca de la entrada e hizo una mueca. Incluso sin que nadie las llevara puestas, su cerebro le proporcionó de inmediato la imagen de los dedos de Ginger retorciéndose entre las correas. «Deja de pensar en eso». Como si fuera una señal, apareció una empleada. En las manos traía un extraño aparato de bronce, algo entre unas pinzas y una abrazadera. Señaló un pequeño banco de madera. Los ojos de Bel se abrieron de par en par, horrorizado. —Señora, tengo una política muy estricta sobre que cualquiera se acerque a menos de dos pies de mis pies. —Siéntate —ordenó Cinnamon. —Bel, sólo necesita medirte bien —dijo Marshmallow—. No te va a doler. —¡Habla por ti misma! —Es obligatorio —insistió Cinnamon—. Le tengo diez veces más fe a las medidas de un profesional que a las de Ginger. Ya le dije que traíamos a alguien nuevo; no me vayas a hacer quedar como mentirosa. Temblando, dejó que la suave presión de Marshmallow lo guiara hacia el banco. Sus pies descalzos quedaron colgando sobre el suelo por un momento. La empleada se arrodilló con una sonrisa educada y le levantó el pie derecho. El aparato de medición se abrió, y ella lo colocó con cuidado alrededor del pie. El metal frío se ciñó a los lados del pie. Luego una tercera pieza presionó su planta. Unas púas suaves se hundieron despacio y vibraron. Un sonido estrangulado escapó de Bel. Los dedos se le curvaron solos como garrita. —Tiene cosquillas —observó Pepper. —No las tengo —respondió él al instante. —¿Entonces por qué tienes el rostro tan colorado? —preguntó Cinnamon—. Y mira, estás haciendo lo de la garrita con los dedos. —¡También se le están poniendo colorados los pies! —rió Marshmallow, aplaudiendo—. ¡Qué cosa más tierna! —¿No pueden hacerse para otro lado? —suplicó, apretando los ojos. —Nunca había visto a alguien con pies tan delicados estar tan avergonzado de ellos —dijo Cinnamon—. Te apuesto a que hay alguien por ahí con ganas de lamerle las plantas a esas cositas, Belial. —¿Qué? ¿Por qué se te ocurriría siquiera pensar eso? —La verdad es que sí se ven bastante apetitosos —añadió Marshmallow—. Con lo sudaditos que están, son como donas glaseadas. Donas inofensivas. —Me están matando, todas. Ahorita mismo. —Anotado —se rió Pepper entre dientes. Bel se tapó las orejas con las dos manos, tratando de ahogar la conversación. Le ardía la cara. Mientras tanto, las chicas ya habían pasado a otra cosa. —Las Exploradoras de Tundra 300X —argumentó Pepper, señalando un par de botas monstruosas con suelas suficientemente gruesas como para aplanar adoquines—. La clasificación térmica más alta. Perfectas para él. —Demasiado toscas —rebatió Cinnamon, dándole golpecitos a un modelo más elegante—. Lo importante es la movilidad, no el calor. Ya es bastante torpe sin andar cargando tanques en los pies. Bel captó aproximadamente la mitad de esto. La otra mitad de su cerebro estaba recitando tablas de multiplicar para no ponerse a chillar cada vez que el aparato de la empleada le rozaba los dedos. «Siete por siete, cuarenta y nueve. Ocho por ocho, sesenta y cuatro. Nueve por… ¡Maldición! ¡Hace cosquillas! ¡No, no, no, Bel, no te rías! ¡No te rías!». —Ya casi termino —murmuró la empleada en voz baja. Cuando la terrible experiencia por fin terminó, Bel soltó un suspiro agotado. La empleada levantó el aparato. —Talla F. —Se equivocó por dos letras enteras Ginger —gimió Cinnamon para sí misma. Luego se inclinó hasta presionar su nariz contra la de Bel—. Hora de decidir. ¿Cuál quieres, Belial? Bel parpadeó atontado ante los pares que le agitaban frente a la cara. Señaló al azar. —¡Las Caminantes de Paso Silencioso! —Se le iluminó la cara—. ¡Elección perfecta! Son muy cómodas, y tienen unos encantamientos para amortiguar el ruido, así que no vas a sonar como mamut pisoteando cuando camines, y… —Respira —dijo Pepper. —¡Estoy respirando! Sólo digo que el niño hizo una buena elección. Pero Bel apenas la oyó. Porque al otro lado de la tienda, cerca de un exhibidor de tenis, había divisado a alguien. Era una chica elfa. Tal vez de su edad, tal vez un año menor. Estaba medio escondida detrás de un estante de zapatos coloridos, pero sus ojos estaban clavados directamente en él. Parecía diferente a las chicas humanas a las que estaba acostumbrado. Tenía los mismos rasgos básicos de elfo: las orejas puntiagudas y todo eso. Pero había algo en su expresión que lo desconcertaba. Sin sonrisas burlonas, sin risitas… Simplemente se le quedaba mirando con una concentración que le ponía los pelos de punta. Más alarmante aún: no le estaba mirando la cara. Le estaba mirando los pies. Y tenía las mejillas un poco coloradas. «¿Por qué se me queda mirando así?». Cerró los ojos, contó hasta tres y volvió a abrirlos. Ella había desaparecido. El pecho se le sintió raro: demasiado apretado y flojo al mismo tiempo. «¿Qué diablos fue eso?». —¿Bel, estás bien? —La voz de Marshmallow se abrió paso entre sus pensamientos. Le acarició el cabello—. ¿Me oyes? —Estoy bien. Veinte minutos después, los pies de Bel estaban enfundados en las Caminantes de Paso Silencioso. Para su sorpresa, se sentían increíblemente cómodas. El interior estaba forrado con algo que se sentía como nubes tibias, y cuando daba un paso, no había ni un solo sonido. —Okay, este mundo está loquísimo —admitió. —Voy a tomar eso como algo bueno. —Cinnamon sonrió de oreja a oreja—. Yo sé reconocer unas botas increíbles cuando las veo. Volvieron al reluciente atrio principal. Bel todavía estaba procesando la experiencia de comprar botas: la medición, la vergüenza y especialmente la chica misteriosa. Soltó un grito ahogado cuando Cinnamon se le plantó de golpe en el camino. Le presionó un puñado de monedas de plata en la palma. Pesaban una tonelada comparadas con las monedas de allá. —Oye, dijiste que eras suficientemente grande para cuidarte solo. ¿Por qué no lo demuestras? Bel se quedó mirando las monedas. —¿Hablas en serio? —Treinta minutos. Cuarenta gelt. —Cinnamon le dio unas palmaditas en la cabeza—. Compra algo por tu cuenta. Pórtate bien, y a lo mejor te gradúas de dormir adentro de mi pantufla. Te ganarás un lugar bien cómodo en mi cama. El corazón de Bel dio un vuelco. ¿Una cama de verdad? ¿Con almohadas y todo? ¿Y la posibilidad de respirar sin inhalar sudor de pie con olor a canela? —Estás bromeando. —Usa mi comunicador por ahora. —Pepper dio un paso al frente y le extendió su aparato—. Si estás en problemas, presiona el botón rojo. Nosotras iremos. —Eventualmente —añadió Cinnamon, estirando la mano para pellizcarle la mejilla—. Así que trata de no necesitarnos, ¿eh? Marshmallow se inclinó y le estampó un beso rápido en la frente. —Tú puedes, Bel. Creemos en ti. Y así, sin más, pisaron una de las relucientes bandas transportadoras. Se las llevó lejos. Bel se quedó ahí parado, solo en medio de ese enorme centro comercial, con cuarenta gelt y un comunicador en la mano. Era surrealista. Y aterrador. Una cama de verdad estaba en juego. Todo lo que tenía que hacer era portarse bien treinta minutos. Miró hacia arriba, a los niveles en espiral de la Galería sobre él. En algún lugar de ese laberinto de cristal vagaba la misteriosa chica elfa. «¿Por qué me importa siquiera? Es nomás otra chica. Otra elfa chiflada. Probablemente tan loca como todas las demás». Sin embargo, incluso mientras lo pensaba, el corazón se le aceleró. Por razones que no podía explicar, una parte de él quería ver si podía encontrarla de nuevo. Respiró hondo y echó a caminar. «Treinta minutos. Cualquier cosa puede pasar en treinta minutos». Nota del autor: Ah, si él cree que ésta es la última vez que tocarán sus pies, se equivoca. El día aún tiene muchas horas por delante. Al principio yo iba a hacer un argumento sobre Bel, que tenía que ocultar sus orejas para integrarse en este mundo. Lo descarté porque era demasiado enrevesado para que funcionara, sobre todo si alguien le veía dentro de casa (como en el departamento de las chicas), donde no necesitaría sombrero. |